Comienzo una serie de tres columnas sobre una de las dimensiones más decisivas de las relaciones humanas. Probablemente, la más difícil de procesar: la asimetría, el poder. Empiezo por la más íntima de todas, la de padres e hijos. Las dos siguientes serán sobre la relación entre maestro y alumno, y sobre gobernante y gobernado. Las tres comparten un mismo problema: el lado fuerte deja huellas en el lado débil, y casi nunca son las huellas que cree estar dejando.
Hay una asimetría en toda crianza que no se puede deshacer. Uno es grande, el otro pequeño. Uno sabe, el otro aprende. Uno da, el otro depende. Esa diferencia es la condición misma para que la crianza exista y, al mismo tiempo, es la fuente de algo desconcertante: el padre deja huellas en el hijo que no responden a sus intenciones.
La huella no se imprime desde el lado del adulto. Se imprime desde el lado del niño. Y el niño lee lo que el adulto no sabe que está produciendo. Un padre puede creerse presente y estar dejando ausencia, o creerse respetuoso del espacio filial y estar dejando sobrepresencia. La voluntad del padre no controla la huella, porque la huella no depende de lo que el padre quiere ser, sino de lo que el niño, desde su tamaño, alcanza a percibir.
Difícil de aceptar para los padres bien intencionados, que somos casi todos. Queremos creer que, si hacemos bien las cosas, los hijos saldrán bien. Es una ilusión consoladora pero peligrosa, porque vuelve a la crianza un asunto de método. Y el método, por sofisticado e informado que sea, no controla lo que el otro lado de la asimetría interioriza.
Pienso en una escena ordinaria. Un padre le enseña a su hijo a leer la hora en un reloj analógico. Las manecillas, los doce números, la relación entre las posiciones y los momentos. Las y media. Las y cuarto. Veinte para las cinco. Es una escena que cualquiera puede recordar haber vivido como hijo o haber protagonizado como padre.
Lo interesante es que esa misma escena, con el mismo contenido, puede vivirse en el recuerdo del hijo de maneras opuestas. Una tarde de ternura en la que un padre paciente le abre al hijo el misterio del tiempo y le entrega un poder nuevo: el de nombrar los momentos. O una clase insoportable donde el hijo siente que cada minuto que tarda en entender es una decepción, donde aprender se vuelve examen y no entender se vuelve falla. La diferencia entre las dos versiones no está en lo que el padre hace. Está en el incontrolable juego de expectativas, interpretaciones y temores de ambos lados, que construyen con los mismos protagonistas y el mismo libreto, dos historias diferentes.
Y muchas veces fueron las dos cosas a la vez. Ternura y examen. Generosidad y poder. El padre que enseñaba con paciencia también estaba marcando, sin querer, quién tenía la respuesta y quién no la tenía todavía. El hijo recibía el regalo y al mismo tiempo recibía la asimetría. No hay forma de separarlos.
La tradición judía tiene un concepto, tikún olam, que suele traducirse como reparación del mundo. Pero su núcleo no es la idea de un mundo perfectible. Es algo más realista y, por eso, más exigente: el reconocimiento de que el daño es estructural y de que, por eso mismo, lo que define a una persona no es no hacer daño, sino sostener la disposición a repararlo cuando aparece.
Aplicado a la crianza, esto es importante. No se trata de criar sin dejar huella. Eso no es posible. Se trata de saber que la huella se está dejando, sin nuestro permiso, y de mantener viva la disposición a aceptar que otra historia se puede estar tejiendo y, eventualmente, escucharla. Independientemente de intenciones y teorías.
Lo más difícil es esto último: aceptar que el hijo nos describa heridas en las que no nos reconocemos. Decir: “Yo no quise eso” es verdad y, al mismo tiempo, es irrelevante. La herida no responde a lo que quisimos. Responde a lo que el niño, desde su lugar, recibió.
El padre que mejor cría no es el que cree haber evitado la huella. Es el que sabe que la huella es inevitable y se mantiene disponible para escuchar cuál fue, cuando el hijo —si tiene suerte y si confía— se la cuente.