Las playas que conoció desde niño, los hoteles donde durmió, las bibliotecas en las que estuvo, marcas de vino. Cuando Julio Ramón Ribeyro quiso emprender un libro sobre su vida, pensó en organizarla a partir de símbolos. No era tarea fácil decidir cómo construir memoria. Ribeyro titubeaba incluso al momento de narrarse, atravesado por múltiples vacilaciones.
“En el fondo lo que estas mujeres están buscando es un amor de padre, que justamente lo que no incluía era sexo, sino una figura de protección y amor desinteresado”.
“La duda, que es el signo de mi inteligencia, es también la tara más ominosa de mi carácter”, escribió. María José Correa Chávez convierte esa confesión en la llave de Las dudas del mudo (Revuelta Editores), el notable ensayo en el que la escritora recorre los textos menos frecuentados de la obra no ficcional de Ribeyro para proponer una lectura tan original como convincente: antes que el fracaso, fue la duda el verdadero principio organizador del pensamiento ribeyrano.
Las inseguridades y el escepticismo acompañaron siempre al escritor. El cuestionamiento permanente de su talento, la sensación de insuficiencia, la resistencia a convertirse en figura pública y esa exigencia consigo mismo nunca lo abandonaron. El flaco convirtió la duda en una forma de conocimiento. Donde otros buscaron respuestas, él encontró en la vacilación una manera de comprender el mundo.
Durante décadas hemos insistido en leer a Ribeyro como el escritor del fracaso. María José Correa desplaza ese lugar común con una elegancia poco frecuente: el fracaso puede ser una consecuencia; la duda, en cambio, es el método. No solo explica aquello que escribe, sino también la forma.
Una de las intuiciones más bellas que me dejó la lectura de Las dudas del mudo fue entender que las pausas, las distracciones y los momentos de aparente inactividad nunca fueron tiempos estériles para Ribeyro. Era precisamente en esas pausas donde surgía la incertidumbre que, lejos de paralizarlo, alimentaba su escritura. Las dudas eran el combustible secreto de su oficio, el espacio desde donde observaba el mundo y se observaba a sí mismo con una honestidad poco común.
Correa también rescata una faceta menos conocida del autor: aquella en la que la pintura y el dibujo prolongaban su universo creativo. Las acuarelas y los pasteles que acompañan esta edición permiten (re)descubrir a un Ribeyro que continuaba explorando el mundo desde la ilustración, confirmando que la imaginación no encontraba límites entre la palabra y el trazo.
Las dudas del mudo no es una biografía ni un estudio académico convencional. Ribeyro probablemente habría vacilado al momento de clasificar este libro, porque María José Correa entrelaza su propia experiencia como lectora con la obra del flaco y construye una voz genuina, cercana, que convierte el ensayo en una conversación silenciosa entre ambos. Esa apuesta hace que el texto respire con naturalidad y abra múltiples líneas de reflexión sobre la creación literaria, la vocación, la identidad y las incertidumbres que acompañan toda vida dedicada al arte.
En tiempos dominados por las opiniones instantáneas y las certezas inapelables, volver a Ribeyro resulta un saludable ejercicio de humildad intelectual. Su legado no reside únicamente en sus cuentos, sino también en esa extraordinaria capacidad para convertir la duda en una forma de lucidez. Al cerrar Las dudas del mudo imaginé a Ribeyro buscando la mejor excusa para contar su vida. Playas, hoteles, libros, gatos... Al final eligió el cigarro. O quizá, después de todo, sospecho que fue la duda.
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