Hay una pregunta que cualquier adulto puede hacerse y que casi siempre tiene la misma forma de respuesta. ¿Cuántos maestros recuerdas de tu vida escolar? La mayoría de la gente nombra dos, tres, a lo sumo cinco. Sobre el resto, que pueden haber sido cuarenta o cincuenta, se extiende un olvido casi completo. No se trata de mala memoria. Es algo más interesante: la inmensa mayoría de los maestros que tuvieron no dejaron huella, y eso a pesar de haber pasado cientos de horas frente a nosotros.
¿Qué tiene el que sí queda? La respuesta inmediata es que era más generoso, más sabio, más simpático, más exigente, más cercano. Todas estas explicaciones funcionan parcialmente, pero ninguna alcanza, porque hubo maestros generosos que no quedaron, sabios que no quedaron, simpáticos que no quedaron, exigentes que no quedaron. La cualidad que define al maestro inolvidable es otra y es más difícil de nombrar.
La relación entre maestro y alumno es, como la de padre e hijo, profundamente asimétrica. Uno sabe, el otro no sabe todavía. Uno evalúa, el otro es evaluado. Uno tiene la autoridad de definir qué cuenta como respuesta correcta, el otro tiene que ajustarse a esa definición. Esa asimetría es la condición misma de que la enseñanza exista. Sin ella no hay aula, hay conversación entre pares. Y al mismo tiempo, esa asimetría es lo que vuelve potencialmente humillante a cualquier escena de aprendizaje. Porque el que no sabe está, por definición, expuesto. Y el que sabe tiene, por definición, poder.
La mayoría de los maestros que pasaron por nuestras vidas ejercieron la asimetría sin pensar en ella. Algunos abusaron de ella —el sarcasmo, la humillación pública, la pregunta sorpresa que era trampa—. Otros la negaron, queriendo ser amigos de sus alumnos y disolviendo así la posibilidad misma de enseñar algo. Pero ninguno de los dos extremos deja huella duradera. Los abusivos generan rencor que con los años se borra. Los que negaron la asimetría son simplemente olvidados, porque no transmitieron nada que requiriera de ellos para ser transmitido.
El maestro que queda es el que entendió la asimetría sin negarla y sin abusarla. El que sabía que estaba parado en el lado fuerte de una relación desigual y eligió, con plena conciencia de su poder, no descargarlo sobre el alumno. El que pudo decir “esto está mal” sin que el alumno sintiera que él estaba mal. El que pudo exigir sin humillar. El que pudo corregir sin convertir la corrección en sentencia sobre la persona. Y, sobre todo, el que pudo enseñar algo difícil sin hacer del alumno que no entendía un fracaso, sino un ser humano en proceso de entender.
Esa contención del lado fuerte de la asimetría es la cualidad central del maestro que deja huella. No es una técnica. No se aprende en cursos de pedagogía. Es una postura ética sostenida en relación con el propio poder. El maestro inolvidable es el que supo, en cada interacción concreta, que tenía en sus manos no solo el conocimiento de su materia, sino algo mucho más frágil: la relación del alumno con su propia capacidad de aprender. Y supo cuidar lo segundo mientras transmitía lo primero.
Pienso en un alumno cualquiera aprendiendo, por primera vez, una operación matemática que no entiende. La escena es asimétrica por definición: el maestro sabe, el alumno no, y ambos lo saben. Esa misma escena puede convertir al alumno en alguien que cree, para siempre, que no es bueno para los números; o puede convertirlo en alguien que descubre que no entender todavía es parte de entender. La diferencia entre las dos consecuencias no está en el contenido transmitido. Está en cómo el maestro, en ese momento, manejó la asimetría que lo separaba del alumno.
Por eso, cuando un adulto recuerda con gratitud a un maestro de su infancia, no está recordando lo que aprendió. Está recordando a alguien que le enseñó algo más difícil que cualquier materia: que se podía estar en el lado débil de una relación desigual sin sentirse pequeño.