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DE MENTES Y RECUERDOS

¿Despadre?

“Ser papá, al final, es seguir de cerca —no demasiado— a seres que se van haciendo su camino. Acompañar los intentos, los fracasos y los logros con preocupación razonable”.

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despadre roberto lerner
Columna por Roberto Lerner (Foto: Midjourney/Perú21)
Fecha actualización:
20/06/2026 - 07:10
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Recuerdo la mano de mi padre sobre mi hombro durante las siestas, en esos tiempos obligatorias. Para un hiperactivo de cuatro años, aquella mano pesaba: era un cerrojo, el sello de una cercanía impuesta. Mis movimientos no disimulaban la incomodidad, pero no llegaban al rechazo que lo habría despertado. Tardé mucho en entender que la mano de padre es la que retiene y la que sostiene.

Hay una palabra que usamos para nombrar el caos: desmadre. No existe su equivalente paterno. Nadie dice “despadre”. La lengua, que rara vez se equivoca en estas cosas, parece sugerir que la ausencia de la madre es impensable y la del padre, en cambio, casi esperable. Total, contribuimos con un poco de esperma; ellas llevan al hijo en el cuerpo nueve meses y lo alimentan después con lo suyo. Visto así, los papás sobramos. Una participación tan modesta que cuesta entender por qué la evolución insistió en conservarnos.

Y, sin embargo. Resulta que entre los simios solo los humanos tenemos padres que se quedan. La evolución, que detesta el desperdicio, no habría inventado al padre humano si fuéramos simples madres de repuesto. Cuando un hombre se vuelve padre le cambia la química del cerebro, pero no para volverse una segunda madre. La madre sostiene hacia adentro; el padre empuja hacia afuera. No es una consigna cultural. Parece estar inscrito en nuestra historia como especie. Pero esa historia no se siente. Lo que se siente es una mano sobre el hombro.

Y esa mano yo la recuerdo bien. Recuerdo también la risa contagiosa de mi padre, su asombrosa capacidad para entenderse por señas con cualquier niño desconocido en el carro de al lado. Las sobremesas tensas y deliciosas, donde se debatía con fiereza y se ponía a prueba el ingenio de todos. Y la primera vez que lo mandé a rodar, a los veintisiete, y la reconciliación tres días después: dos adultos irremediablemente atados por el cariño y el tiempo. Solo ahora entiendo que esa pelea y esa reconciliación únicamente pudieron ocurrir cuando yo mismo acababa de ser padre.

Mi relación con él era esa mezcla incómoda y fértil de necesidad y lejanía, admiración y rechazo, deseo de ser igual y de ser distinto, de cólera y complicidad. No el amor simple, sino el amor con fricción. El que empuja.

A veces me pregunto si mis hijos sienten por mí esa misma mezcla. Y, entre la nostalgia y el narcisismo, si me hubiera gustado tenerme a mí como papá. Hablar con ellos sobre mi desempeño paternal me daría, de carambola, una respuesta; pero sería un atajo deshonesto.

Me quedo sin respuesta, con mis fantasías, recuerdos, temores y satisfacciones. Pero con algo mejor. No sé si me hubiera gustado ser papá de mí mismo porque tampoco sé si me hubiera gustado ser hijo de mí mismo. El hijo que fui y el papá que soy están hechos de la misma materia: encuentros y desencuentros, cercanías y distancias, manos pesadas sobre el hombro y peleas que terminan en abrazo. Lo único que tengo claro es que no habría podido ser el papá que soy si no hubiera tenido el papá que tuve.

Eso es lo que ningún dato evolutivo define del todo. Y, sí, la ciencia explica por qué el padre se queda, por qué empuja, por qué lanza al hijo hacia el riesgo apenas un poco por encima de sus fuerzas, pero no tanto como para quebrarlo. Lo que no explica es que cada papá carga, sin saberlo, al papá que tuvo. Que la mano sobre el hombro de mi hijo es también la mano que estuvo sobre el mío. Que somos un eslabón, no un origen.

Ser papá, al final, es seguir de cerca —no demasiado— a seres que se van haciendo su camino. Acompañar los intentos, los fracasos y los logros con preocupación razonable, sin descargar en ellos nuestras frustraciones, nuestros ya añejos triunfos ni los que aún podemos lograr. Confiar en que vivir vale la pena y dejarlos vivir, incluso en contra de nuestros gustos, porque es eso lo que hace valiosa la vida.

Mientras escribo esto, caigo en cuenta de algo. La pregunta de si me hubiera gustado ser papá de mí mismo, pasa por la experiencia de ser papá de mis hijos y deja de tener sentido cuando uno es abuelo de sus nietos.

Y ahora que lo soy, sé que la cadena no se interrumpió. Que la mano en el hombro sigue haciendo su camino a través del tiempo. Que puede haber despaternalización, pero no despadre. Feliz día a los hombres que ponen su mano en el hombro. 

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