Se llamaba Luis Bravo y era un bravo. Cocinero, faite, padre, amigo, esposo, hijo, vendedor de comida ambulante, expresidiario, creyente, rey del ceviche canero y, ante todo, luchador. No solo de los que se trenzan a puño limpio o chaira mano, sino un luchador ante la vida, ante su vida. Porque Luis tuvo que pelear contra todos y contra él mismo. Luis, el bravo, el rey del cebiche canero, ha caído. “Un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal te ha derribado”, como escribió otro que también gustaba de agarrarse a puños, el querido Luchito Hernández.
Pero a Luis Bravo no lo pudo derribar otro hombre; finalmente, sino una enfermedad, un cáncer que le llevaba ventaja. Bien sabía Rocky que nadie vence al tiempo y nadie pega tan fuerte como la vida. Luis lo soportó todo: los golpes, la cárcel, el desamparo, el desempleo, el reinventarse de nuevo, los estigmas, el alcoholismo, los palos de la policía, los abusos de los municipales, las tentaciones.
Ayer me escribió Yajaira, su hija. El día anterior me había pedido algunas fotos de él que yo tenía de la crónica que escribí sobre su historia. Ya intuí que algo había pasado. Al día siguiente me escribió un simple mensaje: “Mi papá falleció hoy”. Ya hace unos meses le pregunté a Ana, su esposa, por Lucho. Antes de escribir sobre él ya había caído un par de veces por su puesto y me gustaba verlo trabajar. Tenía estilo. Conversábamos un poco. Tenía ganas de ir de nuevo por su cebiche, y quizás entrevistarlo nuevamente para mi canal. Me contó que estaba enfermo, que se sentía un poco débil para salir, para comprar los ingredientes y meterle esa sazón quimbosa que él inventó. Me pidió que lo llame, que lo anime. Pero ya saben, los pendientes, los trabajos, las semanas se fueron pasando. Pero hace un par de meses o menos me di un tiempo y le llevé mi libro “33 Huariques de Lima y Callao”. La primera crónica es sobre él, es su historia. Siempre que me entrevistaban ponía su historia como ejemplo. Periodísticamente me parece la más atractiva, y decía que era una historia no solo de comida, sino de redención principalmente. Un hombre que encontró una oportunidad más a través del cebiche que aprendió a preparar en prisión.
Luis Bravo se llevó consigo el secreto indescifrable de su popular ceviche canero.
No tuve mucho tiempo cuando le dejé el libro. Solo hablé con su hija y luego me llamó él por fono. Pese a la enfermedad seguía con la voz gruesa, enérgica. No podía imaginar que estuviera tan avanzo el mal que lo consumía por dentro. Él quería volver a trabajar. Me pidió que cuente su situación, porque el municipio lo había sacado y donde vivía, una junta de vecinos lo bloqueaba, les daba vergüenza que en su barrio alguien venda “ceviche canero”; como si trabajar fuera algo de que avergonzarse. La sociedad te dice que te puedes reinsertar, pero jamás bajarán el dedo fariseo. Lucho quería seguir viviendo como un hombre cualquiera. Y yo quería seguir escribiendo. Hablé con unos amigos periodistas en actividad, pero el tema quedó en lista de espera.
Luis Bravo, el soberano del ceviche canero, junto a Ana, su pareja de más de 35 años.
Una vez más, el tiempo nos ganó. En la noche de ayer, Ana me mandó un mensaje: “El hombre de mi vida se fue”. Naturalmente, se me hizo un nudo en la garganta. No existen palabras de resignación. Solo el tiempo, que nos sigue venciendo, podrá, quizás, dar algún sosiego. Aunque esto suene ególatra, me sentí calmado de saber lo que ella me contó, que se sentía orgulloso de la crónica que le hice, de salir en mi libro.
Seguramente ninguna plaza, calle, colegio o plazuela, llevará su nombre. Pero yo escribí su historia. Allí quedará registrada para quien quiera conocerlo. Sabrán entonces que Luis Bravo guardaba en su memoria la receta de un cebiche endiablado y en sus manos surcadas de cicatrices y tatuajes el talento para prepararlo; conocerán que vivió al margen de la ley, y no lo dejaron; que vivió dentro de la ley, y tampoco lo dejaron. Y, sin embargo, vivió. Una vida intensa. Vivió, amó y fue amado. Es más de lo muchos podemos pedir. Descansa, por fin, en paz, bravo entre los bravos.
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