Quería estudiar repostería, pero en esa época estudiar pastelería era como estudiar arte. Justo mi prima me dijo para estudiar Publicidad. “Será”, dije. Estudié y entré a trabajar a un canal de TV; en esa época las prácticas eran ir a sacar fotocopia y batir el café, y eso que me pagaban súper bien. Duré batiendo cafés un mes y medio (ríe). Estaba aburrida y retomé las tortas. Como todas mis amigas publicistas estaban en agencias o en empresas como Ebel, empecé a vender ahí. Una amiga me hizo mi primer logo con mi nombre. Vendía brownies, alfajores. Iba en bicicleta con mis dos bolsas y los dulcecitos calientitos. En plata sacaba 500 a 600 soles al día. Pero todo lo fiaba (ríe), cuando volvía ya ni existía la persona y tenía una deuda amplia, o me decían que ya me habían pagado. En realidad, no me molestaba. “Al menos dime que te gustó y ya, pagado”, decía. Nunca he sido pegada al número, más he sido emocional. Además, todo el mundo empezó a hacer postres y ya no dejaban entrar tan fácil a las empresas. Ahí pensé que necesitaba un lugar. Mi esposo, que es administrador y que aún no era mi esposo, me dijo que alquile un departamento que se había desocupado en el edificio donde yo vivía. Lo amoblamos como si fuera un taller de producción y compré mi primer horno con ese guardadito que tenía desde el colegio. Entonces, necesitaba buscar una cafetería donde pueda dejar mis productos. Yo pensaba que eso sería un sueño. Hasta que un día me llamaron de una importante cafetería, que habían probado mis brownies y les había encantado. Querían visitar mi planta. Pero solo tenía un departamento de 60 metros (ríe). Fueron de las áreas de calidad, compras, marketing, etc., ni entrábamos (ríe). Me pidieron muestras, las hice y las aprobaron. Hasta que un día llegaron de la municipalidad para clausurar el lugar.