Hace varios puñados de años, empujados por un curso universitario, un grupo de amigos y yo hicimos un video documental sobre el bar Cordano. Desde entonces, he vuelto muy pocas veces y, cuando lo he hecho, no he perdido la oportunidad de ingresar, tomarme un café o simplemente asomarme por el lugar. Una mañana de esta semana, por razones insospechadas, me encontré caminando por la Plaza de Armas y decidí —¿por qué no?— darme una vuelta por el lugar.
Grande y triste fue mi sorpresa al ver que la puerta del bar estaba cerrada. Di unos pasos más, doblé la esquina y vi que la otra entrada, la del jirón Carabaya, estaba apenas abierta. Sin embargo, lo que más llamó mi atención era que dos hombres de terno, corte militar y cara de pocos amigos, la vigilaban. Bastó que alargue un poco mi cuello, para notar que en el interior todas las mesas estaban vacías menos una: aquella donde el presidente José Balcázar estaba sentado solo tomando un café.
—Está cerrado —me dijo uno de los hombres que, ya se me hizo evidente, era parte de la seguridad del presidente.
Ya estaba por refutar lo obvio, que no, que el local no estaba cerrado, que el local lo habían cerrado para que nadie moleste al presidente, cuando ocurrió algo improbable. Balcázar ordenó que pase, que me dejen pasar. Los guardias me miraron con curiosidad y fastidio, y yo, en retribución, les sonreí con cierta malicia. Apenas entré al bar, una suerte de aire añejo, de vida contenida, penetró en mis pulmones. En seguida noté que, desde el mostrador, el mozo y el administrador —reconocí al administrador porque era el mismo que apareció en el documental— me miraba sin saber bien qué hacer.
—Ven, siéntate —dijo Balcázar, señalando la silla junto a su mesa—. Te invito. Pídete un café, un sánguche, lo que quieras. Te recomiendo la butifarra.
Yo, desde luego, como un peruano de bien, obedecí al máximo representante de nuestro país. Luego de pedir el café y la butifarra, bueno, las dos butifarras —¿qué le hace una más al fisco?—, le presté atención al semblante del presidente. Parecía algo decaído, apocado. Entonces, comprendí —o creí comprender— de qué iba todo: Balcázar quería reflexionar sobre su paso por el gobierno, qué dirá la historia de él y, quién sabe, si finalmente le darán o no la pensión vitalicia.
—¿Cómo te llamas? —me preguntó y antes de que pudiera responder agregó— Mejor no, no me digas. Lo que quiero es saber la opinión de alguien como tú, un ciudadano de a pie, un cualquiera, un chauchilla, un…
—Ya entendí.
—Mira —me dijo—. Me estaba yendo a un evento, pero, de pronto, comprendí que todo esto ya se termina, que todo esto ya se acaba. Ya sabes, me refiero a mi gobierno, a mi condición de presidente. Entonces, me puse a pensar, porque a veces me pongo a pensar, ¿qué es lo que he hecho por mi país? ¿Qué huella he dejado? No te lo voy a negar. Sentí un nudo en la garganta.
—La ansiedad.
—Sí, eso pudo ser. También pudo ser que me ajusté demasiado la corbata. El punto es que decidí no ir a ningún lado y se me ocurrió venir aquí. Llevo media hora así, pensando en qué tipo de gobernante soy. Entonces, al verte, me di cuenta de que yo mismo no puedo juzgar mi gobierno. ¿Picasso podría juzgar su pintura? ¿Mozart podría juzgar su música? Conmigo pasa lo mismo. Lo que necesito es la opinión de un ciudadano de a pie, de un cualquiera, de un chauchilla, de un…
—Sí, le repito que ya entendí.
—Porque si yo me dejo llevar por las encuestas, entonces voy a creer que la mayoría piensa que no sirvo para nada.
—Déjese llevar.
—No, yo no creo que sea así. Y, por último, si la cosa es así, me gustaría saber por qué la gente piensa de esa manera. Y no solo saber por qué, sino tener la oportunidad de explicarle las cosas, de que haya una interacción. ¿Me entiendes?
—Claro, señor presidente. Lo entiendo. Usted quiere una opinión sincera. En este caso, usted quiere que sea brutalmente sincero con usted.
—Bueno, no sé si brutalmente… pero sincero sí. Por ejemplo, dime, ¿cuál crees que ha sido el peor error de mi gobierno?
—Usted.
—¿Cómo dice?
—Digo que usted debe saber eso mejor que yo.
—No, ya te he dicho que mi opinión no cuenta.
—Eso es verdad.
—Entonces, dime, ¿cuál ha sido mi peor error?
—Que conste que se lo digo porque usted me lo está pidiendo.
—Por supuesto.
—Mire, el primer error, el que ha permitido todos los demás, es haber aceptado ser candidato. Usted no está calificado para ser presidente y menos en esta coyuntura.
De pronto, hubo un silencio incómodo. Y, como si hubiera estado esperando alguna pausa dramática para hacer su ingreso, el mozo llegó con mi pedido. Endulcé la taza y le di el primer mordisco a una de las butifarras. Luego, tomé un par de sorbos del café, volví a la butifarra y me limpié con la servilleta.
—Caramba, ¿entonces crees que todo es mi culpa? —me preguntó, por fin.
—No, no he dicho eso. Además, usted no es tan importante.
—¿Cómo que no soy tan importante? Yo soy el presidente de la república.
—Sí, pero en menos de dos semanas ya no será ni presidente ni congresista.
—¿Qué me quiere decir?
—Que falta poco para que vuelva a ser un ciudadano de a pie, un cualquiera, un chauchilla, un…
—Sí, ya te entendí. Es verdad que voy a extrañar todo esto. Pero al menos me queda el consuelo de que tendré mi pensión vitalicia.
—¿Usted cree?
Balcázar me miró. Dio un leve suspiro y dirigió su mirada hacia la puerta, donde los dos miembros de su seguridad lo estaban mirando. Solo asintió con la cabeza y ambos hombres empezaron a hacer señas hacia la calle. En segundos, un auto apareció y se estacionó en la entrada.
—Me disculpas —me dijo con la voz apagada— será mejor que cumpla con mis compromisos.
Sin más, se puso de pie y caminó hacia la entrada. Antes de irse, dio media vuelta y me miró fijo.
—En cinco meses no se puede hacer mucho.
—Pero se puede hacer algo, ¿no?
De súbito, el rostro de Balcázar hizo una mueca de molestia y su mirada se oscureció. Estoy seguro de que algo más me iba a decir, pero, por algún motivo —quizá no se le ocurrió nada— se contuvo. Luego, ganó la calle, subió al auto presidencial y lo perdí de vista. Por unos instantes, sentí que fui demasiado duro con él. Pensé que, después de todo, Balcázar era una persona ya octogenaria y bien —o mal— podría ser mi abuelo.
Pero como a mi abuelo no le gustaba la condescendencia, supe que no tenía por qué sentirme culpable. Más tranquilo, procedí a terminar el café y las butifarras. Sin embargo, no pude. Una constatación terrible me paralizó: Balcázar se había ido sin pagar la cuenta.
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