“¿Y ahora?” —me pregunta, más exasperado que desesperado, un chico de doce años— “comenzaron las vacaciones y no hay ningún plazo que cumplir, salvo esperar que recomiencen las clases”.
Le pregunto si es la primera vez que atraviesa unas vacaciones así. Me responde que sí. Sus padres decidieron no inscribirlo en ninguna actividad deportiva, curso ni seminario, posiblemente cansados de leer sobre la sobrecarga que enfrentan los chicos de su generación. Pensaron que le hacían un regalo. La ironía —que él todavía no puede nombrar— es que hasta esa ausencia de plan fue decidida por otros.
Si continúa el camino que inició desde preescolar, llegará casi con seguridad a la medalla de oro de su promoción cuando termine el colegio. Mientras enumera sus logros —que son muchos y notables— no percibo alegría. Tampoco satisfacción.
Sus gestos, el tono de su voz y su lenguaje corporal transmiten la impresión de alguien que ha seguido una receta con absoluta precisión: cantidades exactas, secuencia milimétrica, presentación digna de la guía Michelin y aplausos garantizados de los comensales. Todo está donde debe estar. Todo responde a lo esperado.
Tiene facilidad para enumerar hechos: puestos de mérito, premios, certificados, horas de estudio. Pero cuando le pido que se describa, que me hable de su estilo, de aquello que lo distingue, de lo que lo apasiona, de sus virtudes, de sus defectos o de las emociones con las que más suele lidiar, me devuelve una mirada desconcertada.
Entonces tengo la incómoda sensación de estar frente a un extraordinario proyecto de currículum. No estoy tan seguro de estar frente a un niño que haya empezado a descubrir quién es.
Me pregunto qué experiencias nunca tuvo oportunidad de vivir. Si alguna vez alguien le dijo simplemente “te quiero”, sin que ese afecto estuviera asociado, aunque fuera de manera sutil, a un desempeño, un resultado o una promesa.
Y no sé quién habita detrás de esa fachada cuya función parece limitarse al cumplimiento de expectativas ajenas y a la ejecución impecable de un libreto donde él es personaje, pero no persona.
Las fachadas tienen una característica curiosa: están hechas para ser vistas desde afuera. Desde adentro no ofrecen ningún lugar donde vivir.
Esto es diferente de la crianza autoritaria clásica, la del castigo y la obediencia por miedo. Allí el conflicto es visible. El niño sabe, en algún lugar de sí mismo, que está obedeciendo a otro. Entre lo que siente y lo que hace existe una distancia. Y en esa distancia puede sobrevivir, aunque sea en secreto, un yo que discrepa.
Aquí ocurre algo distinto.
El chico no vive el proyecto de sus padres como una imposición externa. Lo experimenta como su propia identidad. Aprendió tan pronto a responder correctamente que nunca necesitó preguntarse quién respondía.
No es que le falte rebeldía. Le falta distancia.
No hay fricción entre lo que él quiere y lo que se espera de él porque nunca tuvo la oportunidad de descubrir qué quería antes de aprender qué debía querer. La forma más eficaz de la obediencia consiste precisamente en no sentir que se obedece.
Por eso las vacaciones lo desconciertan mucho más de lo que lo alivian. Un plazo es, para él, la única forma conocida de organizar el tiempo y, quizá, de organizarse a sí mismo. Sin uno, no está simplemente frente al descanso. Está frente a una pregunta para la que nunca recibió entrenamiento: ¿quién soy cuando nadie me está evaluando?
Y, sin embargo, ese vacío que hoy lo inquieta es probablemente la mejor noticia de toda la conversación.
Por primera vez aparece un territorio que no viene acompañado de instrucciones de uso. No hay currículum para las vacaciones. No existe una rúbrica para calificar una tarde perdida, una curiosidad inesperada o una semana sin objetivos.
Las vacaciones parecen un paréntesis en el aprendizaje. Tal vez sean exactamente lo contrario. Son el primer espacio donde nadie organiza el tiempo por él, donde nadie mide su rendimiento y donde ninguna medalla espera al final del recorrido.
Puede que no sepa todavía qué hacer con esa libertad. Es natural.
Pero es precisamente ahí, y no en la siguiente medalla, donde podría empezar a aparecer alguien.