Las elecciones terminaron, pero la tarea de construir gobernabilidad recién comienza. La presidenta electa Keiko Fujimori obtuvo la victoria en las urnas, pero también heredó una realidad que ningún gobierno responsable puede ignorar: más de nueve millones de peruanos votaron por una alternativa distinta.
Esa cifra representa expectativas, demandas y preocupaciones de millones de ciudadanos que esperan ser escuchados dentro del nuevo ciclo político. Gobernar no significa únicamente representar a quienes respaldaron una candidatura; significa también incorporar a quienes expresaron una visión diferente del país.
En los últimos días, algunas de las figuras que acompañaron públicamente la candidatura de Roberto Sánchez han comenzado a marcar posiciones propias. Las posturas expresadas por Jorge Nieto y Alfonso López-Chau reflejan que la oposición democrática empieza a construir agendas independientes y que los consensos políticos no pueden darse por descontados.
Más allá de las diferencias ideológicas, existe una lección que el Ejecutivo debe considerar. Durante años, gran parte de la dirigencia política perdió conexión con la ciudadanía y particularmente con los jóvenes. Ese vacío facilitó el crecimiento de discursos antisistema, el debilitamiento de los partidos tradicionales y el surgimiento de liderazgos que encontraron terreno fértil en el descontento social.
La gobernabilidad del siglo XXI exige superar la visión según la cual el desarrollo depende únicamente de la relación entre Estado y empresa. Existe un tercer actor indispensable: la sociedad. Y dentro de ella, los jóvenes ocupan un lugar estratégico.
Los jóvenes no quieren ser invitados ocasionales a las ceremonias del poder. Quieren participar, proponer y fiscalizar. Quieren sentir que la política tiene impacto real sobre su futuro. Cuando encuentran espacios de participación fortalecen la democracia; cuando no los encuentran, buscan alternativas fuera de ella.
Las experiencias internacionales muestran que incorporar nuevas generaciones a los procesos de decisión fortalece la legitimidad de los gobiernos y mejora su capacidad de ejecución. La renovación política no debe entenderse como un relevo de edades, sino como una nueva forma de construir consensos y recuperar confianza.
Presidenta Fujimori, la oposición será firme y la vigilancia democrática será permanente. Pero existe una oportunidad histórica para construir puentes donde antes hubo confrontación. Escuchar a quienes no votaron por usted, especialmente a los jóvenes, puede convertirse en el gesto de reconciliación nacional más importante de su gobierno.
Porque una elección se gana en las urnas. El futuro del país se gana construyendo confianza. Y la confianza se construye escuchando también a quienes piensan distinto.