El contexto electoral de esta segunda vuelta ha estado de pánico: una brecha ínfima entre ambos candidatos, especulaciones y proyecciones estadísticas sobre el desenlace más probable, además de sospechas y acusaciones de fraude. Las personas a mi alrededor no dejan de repetir que es importante mantenerse optimista, pensar positivo e, incluso, atraer y manifestar el desenlace deseado. ¿Por qué necesitamos esa invitación constante a verle el lado bueno a las cosas? ¿Será que es algo que no se nos da de forma natural?
“Tampoco entiendo por qué Keiko no buscó una foto con Bukele y/o un tuit de Trump. De verdad pensé que eso sucedería la última semana’’.
Ser optimistas puede ser un factor protector contra la incertidumbre y la ansiedad que esta genera, pero también puede llevarnos a negar peligros reales y descuidar nuestras defensas. Creo que el truco está en integrar ambas perspectivas: reconocer que el vaso está medio vacío medio lleno al mismo tiempo.
La psicología lleva décadas estudiando cómo nuestra atención tiende a enfocarse principalmente en las amenazas y los aspectos negativos de la realidad. Es algo que en inglés se conoce como negative bias (sesgo de negatividad). Una crítica puede resonar en nosotros con mayor intensidad y durante más tiempo que un cumplido, y una mala noticia suele ocupar más espacio mental que varias buenas. Sin embargo, en los últimos tiempos, vengo observando una tendencia creciente a promover el pensamiento positivo, la gratitud, el visualizar lo que queremos lograr y enfocarnos en lo bueno. Y no es casualidad. El optimismo tiene beneficios reales que han sido ampliamente estudiados. Un metaanálisis liderado por el cardiólogo A. Rozanski encontró que el optimismo se asocia con un menor riesgo de enfermedades cardiovasculares. También se ha observado que las personas optimistas tienden a ser más resilientes, tienen una mayor disposición para emprender proyectos y perseveran con más facilidad frente a los obstáculos. Pero también es cierto que el optimismo puede llevar a subestimar riesgos cuando se vuelve excesivo.
Lo que intento plantear con todo esto es que la salud mental requiere tener una postura integrada. El vaso está medio vacío y medio lleno; ambas cosas son ciertas y forman parte de la realidad. Toleremos la incertidumbre, las preguntas abiertas, reconozcamos los riesgos sin quedarnos atracados en ellos y, sobre todo, conservemos la esperanza sin negar la realidad.
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