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Pertenencia y responsabilidad

"Un chico que es responsable de algo que importa para un grupo que le importa no necesita el documento falso para sentir que pertenece. Ya pertenece. Pertenece a algo más sólido que una fiesta".

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Pertenencia y responsabilidad roberto lerner
Columna por Roberto Lerner. (Foto: Midjourney/Perú21)
Fecha actualización:
13/06/2026 - 07:10
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En una conversación con padres de familia, alguien planteó algo que cambió la temperatura de la sala. Habíamos estado discutiendo esas concesiones que tantos padres hacemos a regañadientes: el celular a los nueve años, el documento falso para entrar a una discoteca, la ropa que cuesta lo que no debería. Las toleramos, decíamos, por una razón poderosa: la pertenencia. Si todos lo tienen y mi hijo no, queda afuera. Y desde el final de la primera década de vida, quedar afuera duele como pocas cosas.

Hasta ahí, terreno conocido. Habíamos hablado también de valores, de esa constitución no escrita que toda familia tiene, de lo que no se negocia aunque el hijo proteste, en el entendido de que algún día tendrá todo el derecho de redactar la suya propia.

Entonces uno de los asistentes preguntó en voz alta: ¿estamos buscando la pertenencia de los hijos, o la nuestra?

Se hizo un silencio incómodo. De esos que delatan que la pregunta dio en el blanco.

Porque la verdad es que en ciertos sectores —y me refiero sobre todo a la clase media alta y alta, de las que son parte muchos de los padres con los que trabajo— hemos dejado de pertenecer a algo. Pagamos impuestos, somos socios de un club, asistimos a las reuniones del colegio. Pero, ¿hay alguna comunidad que funcione como nuestro marco de referencia? ¿Nos hacemos cargo de algo que nos importe personalmente y que, al mismo tiempo, tenga un impacto que exceda los límites de nuestra propia familia?

La pregunta no es retórica ni acusatoria. Es diagnóstica. Y la respuesta, en muchos casos, es incómoda.

Hemos reemplazado la pertenencia por el desempeño. Y a nuestros hijos les hemos transmitido el mismo cambio sin darnos cuenta. Estamos concentrados en sus performances, en sus calificaciones, en sus marcas deportivas, en su currículum incipiente, como quien vigila los indicadores de gestión de una empresa. Cada actividad es evaluada por lo que aporta a la ruta competitiva: ¿esto suma para la universidad?, ¿esto se ve bien en la postulación?, ¿esto los pone adelante?

Lo que rara vez nos preguntamos es otra cosa: ¿asumen responsabilidades?

Y no hablo de tareas escolares ni de obligaciones que tienen premio. Hablo de responsabilidades reales, de esas que implican que alguien depende de que uno cumpla. Recoger al hermano menor. Hacerse cargo de un aspecto de la logística familiar. Sostener un compromiso en un movimiento juvenil, un grupo parroquial, un voluntariado, donde nadie está midiendo el rendimiento individual y donde fallar tiene consecuencias para otros.

Porque resulta que es ahí, en la responsabilidad asumida, donde se construye la pertenencia genuina. No en tener lo que todos tienen. No en hacer lo que todos hacen. Un chico que es responsable de algo que importa para un grupo que le importa no necesita el documento falso para sentir que pertenece. Ya pertenece. Pertenece a algo más sólido que una fiesta.

Y aquí está la inversión que la pregunta de aquel padre dejó al descubierto. Cuando cedemos en nombre de la pertenencia de nuestros hijos, muchas veces estamos resolviendo nuestra propia orfandad de comunidad. Les damos el celular y la marca y el permiso, no porque hayamos evaluado que les conviene, sino porque no toleramos verlos —ni vernos— afuera. La pertenencia que les compramos es, en el fondo, la que a nosotros nos falta.

La paradoja es que el camino de salida no es más vigilancia ni más concesiones. Es más responsabilidad. La nuestra, primero: hacernos cargo de algo que nos trascienda, pertenecer de verdad a una comunidad que no sea el círculo de padres ansiosos comparando logros ajenos. Y la de ellos, en consecuencia: confiarles tareas cuyo incumplimiento afecte a alguien que no sean ellos mismos.

Un hijo aprende a pertenecer cuando descubre que otros cuentan con él. No cuando obtiene lo que todos tienen, sino cuando se vuelve indispensable para alguien. Esa es una forma de pertenencia que ningún grupo de WhatsApp puede otorgar ni quitar.

Quizás la pregunta que deberíamos hacernos no es cómo lograr que nuestros hijos pertenezcan. Es si nosotros todavía sabemos cómo hacerlo. 

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