El hábito no hace al monje. Eso dicen. Pero en el Perú el hábito sí hace al monje. O, para ser más exactos, el sombrero sí hace al candidato. Porque para un sector de la población, usted puede tener propuestas, planes de gobierno, cuadros técnicos, experiencia de gestión, títulos universitarios o, quizá, portar solo su DNI, da lo mismo. Solo requiere un sombrero. Un buen sombrero. Un sombrero con mística. Con sombra. Con relato.
Con esa premisa, el politólogo y semiólogo Tiago Thrafa viene preparando un libro donde analiza el valor semántico del sombrero chotano y cómo ese objeto aparentemente inofensivo pasó de accesorio folclórico a dispositivo electoral de alto rendimiento. Como se recuerda, este reconocido científico social ya ha publicado una obra relacionada con Pedro Castillo titulada: Castillo cuántico: reflexiones en torno a un pollo. En él, tomando un riesgo intelectual considerable, Thrafa sostiene que la física cuántica ha marcado el camino castillista empezando por la cuestión del pollo vivo y muerto a la vez, y terminando con el golpe que dio y no dio en el mismo instante.
A continuación, un extracto del libro en construcción:
Existe algo profundamente teatral en la política peruana contemporánea. Los candidatos ya no buscan representar ideas sino imágenes reconocibles. Son actores intentando encontrar el vestuario correcto para una obra improvisada llamada democracia. Y en ese escenario, el sombrero de Pedro Castillo se convirtió en el objeto más poderoso de la política reciente. No porque sea particularmente hermoso. Tampoco porque posea un valor artesanal excepcional. Su fuerza reside en otra parte: en que vastos sectores de la sociedad desconocen que detrás del maestro rural que parecía tan noble y bien intencionado se escondía, y no de una manera muy eficaz, un carterista de baja estofa cuyo verdadero símbolo era el billete, y no propio.
Por ello, es un error ya flagrante creer que la política peruana se explica mediante programas de gobierno, ideologías o alineamientos partidarios. Eso ocurre en países donde las circunstancias ocurren de manera más o menos normal, o, dicho de otra manera, de una manera menos insensata. El Perú, en cambio, se explica mediante objetos. El lápiz. La escoba. El tractor. El polo rojiblanco. Y, en estos tiempos inciertos, el sombrero chotano.
El sombrero chotano posee una fuerza semántica extraordinaria. Funciona como un tótem portátil. Una especie de corona plebeya. Y al tratarse de uno con dimensiones generosas opaca a la persona que se encuentre debajo de él. Y es que importa el sombrero, no el que se cobija bajo su sombra. Tanto así que el sujeto puede variar. Puede ser Pedro Castillo. Puede ser Roberto Sánchez. Podría incluso ser Keiko Fujimori si un día decide colocárselo y aparecer en una feria patronal cargando un cuy o una capibara. Esto último sería más improbable, pero como están de moda y con el poder logístico del fujimorismo, todo es posible.
Lo fascinante es cómo el sombrero genera una inmediata operación simbólica. La persona que se coloca debajo queda absorbida por la iconografía previa. Ya no es ella misma. Se convierte en una proyección del imaginario colectivo asociado al sombrero. En este caso, su silueta adquiere la forma de la sombra de Castillo, sobre todo si el sol está fuerte.
Por eso no debe sorprender que Roberto Sánchez haya optado por utilizar un sombrero prácticamente idéntico al del expresidente (Sánchez dice que es el mismo, pero fuentes allegadas a Castillo aseguran que solo le entregó una copia porque no confía en él). Se trata, pues, de un gesto que no es casual. Tampoco inocente, ni el gesto ni Sánchez. Es un intento deliberado de ingresar al mismo circuito semántico. De activar el mismo archivo emocional. De decir sin palabras: aquí continúa la historia. Aunque, para otro inmenso sector de la sociedad, esa historia se parece más a una película de terror, o a una tragicomedia, pero en ningún caso a una de corte motivacional.
Lo más interesante del sombrero castillista es que aparenta austeridad mientras comunica poder, poder adquisitivo. Y es que, aunque tenga reminiscencias de un mundo andino olvidado y de escasos recursos, no es un objeto, digamos, asequible. No es precisamente el sombrero de un campesino precarizado que lucha por llegar a fin de mes. Estamos hablando de una pieza que, según estimaciones conservadoras, puede superar fácilmente los cinco mil soles. Es decir, los peruanos que sobreviven con el sueldo mínimo necesitarían trabajar, de manera extenuante y disciplinada, cinco meses completos, con sus noches y sus días, para, pobres, siquiera aspirar a comprar el sombrero que usa “el candidato de los pobres”.
Pese a todo, es indudable que el poder del sombrero es real. Por ello, no es descabellado sostener que quien ha pasado realmente a segunda vuelta no es Roberto Sánchez sino su sombrero. La gente no votó necesariamente por un candidato específico. Votó por un modelo específico de sombrero, por la persistencia de una iconografía. En buena cuenta, el sombrero actuó como un partido político autónomo. Un movimiento electoral de ala ancha.
Y si el sombrero fue el que pasó a segunda vuelta, Rafael López Aliaga podría utilizar este argumento para reforzar su denuncia de fraude electoral. No fraude en el conteo de votos, desde luego, sino fraude semiótico. En este contexto, el líder de Renovación Popular podría preguntarse, sobre todo, si se encuentra habitado por aguas espirituosas, si una competencia entre candidatos de carne y hueso y un accesorio de vestir hecho de hoja de palma es causal de nulidad de elecciones. O si el exceso de carga simbólica textil es motivo para un reconteo de votos.
El sombrero chotano convertido en una doctrina política puede ocultar muchas cosas, pero no para todos ni por mucho tiempo. Sin embargo, tampoco seamos severos con el símbolo. Después de todo, ¿qué culpa tiene el sombrero?
Hasta aquí el extracto. Se trata, como puede notarse, de un texto incómodo para quienes todavía creen que las elecciones se ganan con propuestas y no con utilería emocional. El libro lleva el título tentativo de “El poder del Sombrero” y estaría en librerías a fines de julio. La editorial ha anunciado que los primeros interesados se llevarán de regalo una réplica del sombrero chotano, una fotografía del autor y, si lo desean, el libro.