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Moriré en mi ley

"Se seguirá luchado con las fuerzas de Dios que nos acompañan".

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"En el drama del Perú, son muchos los errores cometidos y cada uno guarda el luto de su pérdida como puede".
Fecha actualización:
07/05/2026 - 07:16
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En la palabra “Porkylovers” no están todos los millones de afectados. Más aún, todo indica que se incrementarán los dolores y que —con la primera vuelta— no terminó el plan inmundo de la izquierda ni la inminente sucesión de golpes, nulidades, sabotajes y defraudaciones. En lo inmediato incluiría una proclamación del JNE de candidatos a la segunda vuelta, sin resoluciones de todos sus expedientes pendientes ni cumplimiento de sus obligaciones fundamentales.

Acá no empiezan ni terminan nuestras desgracias. La “república peruana, donde todo el mundo hace lo que le da la gana”, es una entidad rara que flota sin tomarse en serio, una sociedad anarquista que no conoce ni entiende de Estado ni sabe —por sí misma— que eso es lo que realmente es.

En contraste con el Perú y su esotérica realidad, Ernesto Blume, expresidente del Tribunal Constitucional, ha dicho que el JNE tiene tres defectos inaceptables en un Estado Constitucional de Derecho. A saber: falta de conciencia constitucional, falta de cultura constitucional y falta de sentimiento constitucional.

Así, con dolor y pesar, ha dicho que no nos importa que el artículo 31 de la Constitución diga, precisamente sobre derechos políticos y participación ciudadana en asuntos públicos: “Es nulo y punible todo acto que prohíba o limite al ciudadano el ejercicio de sus derechos” ¿Por qué?  Porque para nosotros, a pesar de que confirmamos que ha habido afectación a medio millón de electores, eso no importa.

Como tampoco importa, —añado yo— que las actas 900K sean truchas o no; tengan resultados imposibles o no; sean iguales en distintas partes del Perú o no; se hayan contabilizado antes de estar a la vista o no; tengan, en cada circunscripción particular el llenado de puño y letra y la firma de una sola persona, en más de un acta o no; así como un largo etcétera que golpea, sin cesar, a todos y cada uno de nosotros, los ciudadanos, los electores.

Frente a todo esto, hay personas que no declinan, que anteponen actos éticos y cívicos en defensa de la verdad, la confianza destruida y el respeto al sufragio de los electores del Perú. Esas personas, en esta esotérica realidad, serían bichos raros que detienen un cronograma y la tranquilidad de un país ficticio, sin alma ni espíritu.

En el drama del Perú, son muchos los errores cometidos y cada uno guarda el luto de su pérdida como puede. Sin embargo, prohibido rendirse. Se seguirá luchado con las fuerzas de Dios que nos acompañan, con sus tiempos, entendiendo que, más allá de todo, siempre habrá que preguntar: ¿quién ha dicho que una revolución ética y cívica o un cambio diametral de gestión pública sean fáciles? Llevamos la procesión por dentro y —en las marchas— no pisamos ni un geranio, pero adentro está Dios gritando: “Moriré en mi ley”.