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DE MENTES Y RECUERDOS

La escuela del poder

"El buen padre cría a un hijo para que deje de necesitarlo. El buen maestro enseña para que el alumno algún día lo supere. El poder democrático se ejerce sabiendo que va a tener que pasar a otras manos". 

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la escuela del poder roberto lerner
Columna por Roberto Lerner. (Foto: Midjourney/Perú21)
Fecha actualización:
06/06/2026 - 07:10
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Primero padre e hijo. Luego maestro y alumno. El padre suficientemente bueno es el que acepta que no ha podido controlar completamente la huella con intenciones o teorías. Y puede, llegado el momento, tolerar la versión del hijo. El maestro que recordamos no es el más sabio ni el más simpático, sino el que supo pararse en el lado fuerte de una relación desigual sin empequeñecer al alumno. Ahora gobernante y gobernados.

Un poder delegado a quien nunca compartirá con nosotros territorio personal. Está en el lado fuerte, armado, literalmente con todos los resortes que pueden promover u obstaculizar nuestro camino. La escala no es la personal del hogar ni la grupal del aula. Incluye a millones de individuos y cientos de instituciones y organizaciones. En este caso, la mirada del poderoso no capta a individuos; pero cada uno de los gobernados sí lo mira a él, todos los días.

Claro, ¡cómo no! Impuestos, obras, seguridad. Pero hay algo más lento y más hondo. El gobernante enseña una lección de la que nadie puede escapar.

Que toda decisión suya puede dañar a alguien, y que ese alguien no siempre será el mismo: hoy son unos, mañana pueden ser sus propios simpatizantes, sus amigos, sus allegados. El poder no exime a nadie de manera permanente, ni siquiera a quien lo aplaude. Por eso un límite nunca protege solo al de enfrente.

Que ejerce una función y que fuera de los ámbitos definidos por la ley, merece respeto pero no obediencia. Puede definir la política exterior, ordenar el uso de fuerza letal, pero no detener a un chofer y exigirle probar que sus documentos y los de su vehículo están en orden o ponerle una multa si se pasó una luz roja.

En lo que respecta al poder político, la lección tiene que ver con la diferencia entre autoridad y arbitrariedad, por un lado; y, por el otro, entre obediencia y sumisión. Eso no está en las leyes ni los reglamentos, está en la cultura, la tradición. Y atraviesa todas las situaciones en las que existe asimetría: obviamente, las que ya tratamos en las columnas anteriores, pero también entre jefe y subordinado, entre conductor y peatón, entre personal de seguridad y quienes quieren acceder a una instalación. ¿La regla existe y vale para todos, incluido el que la aplica? ¿O es la enésima prueba de que el poder es un favor que se cobra, una pequeña tiranía con alguna forma de título o uniforme?

El poder se aprende a ejercer. En estado, por así decirlo, natural, tiende al abuso. Las asimetrías naturalmente se agudizan. La voluntad que se impone a cosas y personas produce placer. El haber estado en la parte fuerte de la asimetría y ejercido autocontrol; y el haber vivido la parte débil sin empequeñecerse, en todos los niveles, es lo que define y caracteriza una sociedad sana. Son las maneras que muestran quién está en la cima, al igual que quién determina el curso de un trámite, las que enseñan a todos en qué clase de país habitan.

Si observamos que las reglas se negocian, aprendemos las mejores maneras de hacerlo. Si observamos que se humilla a quien discrepa, aprendemos que disentir es peligroso. Si observamos que la autoridad nunca asume las consecuencias de sus actos, nunca se equivoca y siempre otro tiene la culpa, aprendemos que admitir un error es de débiles o idiotas.

Lo contrario también se enseña, y es más raro de ver. Hay un modo de pararse en el lado fuerte que no necesita ni negarlo ni descargarlo: el del poder que se sabe parcial. Parcial en el espacio, porque tiene un ámbito y conoce su borde: manda en lo público, pero no entra al voto, a la conciencia ni a la casa de nadie. Eso enseña que mandar no es poder hacerlo todo, sino tener permiso para algo y prohibición para el resto. Parcial en la intensidad, porque se ejerce sin ira: el que puede decir “te equivocas” sin convertir al que discrepa en enemigo, el que pierde una votación sin tratarla como una traición. Y parcial en el tiempo, porque sabe que el cargo es prestado y que tendrá que entregarlo.

Esa última dimensión es la que une a las tres columnas. Las tres asimetrías sanas comparten algo fácil de pasar por alto: están hechas para disolverse. El buen padre cría a un hijo para que deje de necesitarlo. El buen maestro enseña para que el alumno algún día lo supere. El poder democrático se ejerce sabiendo que va a tener que pasar a otras manos. Las versiones enfermas son siempre las que intentan volver permanente lo que era transitorio: el padre que infantiliza de por vida, el maestro que solo se interesa en tener discípulos, el gobernante que no quiere irse. El que cree que el poder le pertenece no cometió un exceso. Cometió un error de tiempo: confundió algo que le prestaron con algo que era suyo.

En cada relación, por separado, esto casi no se nota. En el nivel colectivo se vuelve un circuito. Una sociedad que mira un poder que respeta su ámbito, que se contiene y que acepta su fin, aprende a criar y a enseñar de esa manera; y los hijos y alumnos formados así crecen reconociendo —y exigiendo— esa clase de poder. El padre, el maestro y el gobernante terminan enseñándose entre sí, a través de toda una sociedad, cómo se habita el lado fuerte. El problema es que el circuito gira igual de bien en la dirección contraria. El poder que se apropia, que se enfurece y que se aferra también baja por la escalera, de la cima al trámite, y enseña a criar por imposición, a enseñar por humillación y, al final del tramo, a elegir gobernantes que se apropian, se enfurecen y se aferran.

Por eso, cuando elegimos, escogemos más de lo que creemos. No solo a alguien que decidirá por nosotros, sino al que va a dictar, durante años, la clase de la que nadie puede salir. Y lo que esa clase enseña, en el fondo, es una sola cosa, la misma que enseñaba el maestro inolvidable: si se puede estar en el lado débil de una relación desigual sin sentirse pequeño. El poder siempre enseña. La pregunta es si lo que aprendamos nos va a convertir en ciudadanos o súbditos.

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