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Desde el vórtice

La discriminación silente

A diferencia de las formas tradicionales de rechazo o negación abierta, la discriminación silente opera mediante la indiferencia calculada.

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La discriminación silente
Fecha actualización:
27/06/2026 - 07:15
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Existen muchas formas de discriminación en la vida académica, profesional o institucional. Pero hay una difícil de identificar, denunciar y combatir. No es visible. No se expresa con insultos, agresiones o prohibiciones explícitas. No deja huella. Actúa en la oscuridad del silencio. Consiste en ignorar, no responder, excluir de los espacios de decisión. Omitirla deliberadamente. Hacer como si no existiera.

A diferencia de las formas tradicionales de rechazo o negación abierta, la discriminación silente opera mediante la indiferencia calculada. No se le dice que no es bienvenido. No se le invita, no se le comunica, no se le consulta. No le niegan una oportunidad. Lo dejan fuera de la lista. Se le excluye. Se le invisibiliza.

Es especialmente ponzoñosa. Coloca a su víctima en permanente incertidumbre. Quien es sistemáticamente ignorado suele preguntarse si el problema es real o imaginario. La ausencia de respuesta genera dudas, inseguridad y desconcierto. El silencio es poderoso instrumento humillante. Hiere más que la palabra.

Hay personas cuya trayectoria es deliberadamente ignorada. No se cuestiona su capacidad. Es más sencillo fingir que no existe. Se le niega reconocimiento mediante un doloso olvido. La omisión es la herramienta del poder. Se le hace un vacío social. Se le excluye de conversaciones, reuniones o actividades. Se responde a todos menos a él. Se atienden las opiniones de unos y se ignoran las de él. Quien la sufre percibe que algo ocurre, aunque nadie se lo admita ni se lo explique. Se niega el reconocimiento de su dignidad y ser miembro de la comunidad. El silencio habla por sí solo. Se pierde en la bruma del olvido y la soledad.

En un centro de enseñanza jurídica se han enquistado diversos discriminadores a quienes aterra una voz disidente, aunque se llenen la boca hablando de democracia, tolerancia, igualdad, inclusión, diversidad y respeto de los derechos fundamentales. Uno insiste en ser autoridad pese a ser ateo en una institución adscrita estatutariamente a la Iglesia católica. Otro se pasea de cargo en cargo medrando su institucionalidad. Otros sacan lustre a puestos de hace 25 años para los que fueron nombrados a dedo, pero se desgañitan exigiendo meritocracia, concursos públicos y transparencia. Otro fue interino en un cargo para el que nunca tuvo nombramiento constitucional, presentándose engañosamente como titular. Fue designado por el dedito del verdadero titular.

Hegel sostenía que el respeto a su reconocimiento es una necesidad fundamental en el ser humano. Cuando alguien es deliberadamente ignorado, se le priva de su esencia.

No toda exclusión aparece como ofensa abierta. A veces es la puerta que nunca se abre, la llamada que jamás se recibe, el mensaje que nunca se responde o la citación que nunca llega. El silencio se torna en violencia. Y cuando se relega, se desconocen méritos y se borra una presencia, esa indiferencia se convierte en una perversa discriminación.

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