En algún momento, casi todos nos hemos preguntado cuál es el sentido de la vida, o hemos caído en la cuenta de estar viviendo en piloto automático. En los últimos tiempos, algunos investigadores han empezado a hablar incluso de una “crisis de sentido”. A medida que ciertas fuentes tradicionales de significado —como la religión o la comunidad— han ido perdiendo fuerza en muchas sociedades, cada vez más personas sienten que deben encontrar su propio propósito desde cero.
Durante un tiempo hice orientación vocacional con adolescentes y adultos jóvenes. Como parte del proceso, utilizábamos un concepto japonés llamado ikigai, que significa algo como “razón para vivir”, ese por qué o para qué uno se levanta cada mañana. A los participantes se les decía que este propósito no es único ni estático, ni tampoco algo que de pronto se encuentra. Paradójicamente, no es tan importante hallarlo como vivir buscándolo: con una permanente intencionalidad, procurando ser conscientes existencialmente y auténticos.
"Tal es la situación crítica en Tel Aviv y las otras ciudades importantes de Israel, que el propio gobierno ha emitido leyes para sancionar drásticamente a quien se atreva a publicar en redes sociales las imágenes o videos de los daños infringidos en territorio israelí".
Es una idea que suscribo plenamente y que hace poco volví a encontrar formulada de manera interesante en el libro How to Live a Meaningful Life, de Bill Burnett y Dave Evans. Los autores proponen un giro valioso a lo que comúnmente se piensa sobre la búsqueda de sentido: la simplifican, la vuelven más pequeña y cotidiana.
Plantean que es necesario reformular esa gran pregunta y bajar la expectativa, porque de lo contrario la búsqueda se vuelve inalcanzable. Para ello identifican cuatro componentes que ayudan a construir una vida con más propósito: asombro, flow, coherencia y comunidad.
En primer lugar, el asombro: cultivar esa experiencia en el día a día, algo que puede surgir al contemplar la naturaleza o al conectar profundamente con alguien querido. En segundo lugar, el flow, ese estado en el que una actividad nos absorbe por completo. En esos momentos dejamos de anticipar lo que viene después y logramos estar plenamente presentes en lo que hacemos, hasta perder la noción del tiempo. En tercer lugar, aparece la coherencia: vivir de tal forma que nuestras acciones reflejen nuestros valores y creencias. Cuando estos elementos se alinean, el sentido emerge más fácilmente. Finalmente está la comunidad. Los autores sugieren buscar una especie de tribu que vaya más allá de pasar un buen rato: un grupo en el que las personas compartan el interés por vivir con mayor propósito y se apoyen en esa búsqueda. Así, Burnett y Evans proponen avanzar mediante pequeños pasos cotidianos y volver más accesible algo que suele percibirse como grande y trascendental.
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