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DE MENTES Y RECUERDOS

Gracias a las madres ordinarias

“La maternidad ordinaria, la que cumple su tarea sin pretensiones, no solo nos prepara para vivir. También nos prepara para perderla. La base segura que dejó en nosotros sigue funcionando aunque ella ya no esté disponible para confirmarla”.

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gracias a las madres ordinarias roberto lerner
Columna por Roberto Lerner. (Foto: Midjourney/Perú21)
Fecha actualización:
09/05/2026 - 07:10
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Somos, todos, hijos de alguien. Y en primer lugar de quien fue árbitra entre nuestro ser o no ser. Este es el primer Día de la Madre en el que la mía ya no es. Es algo que no es tan difícil aceptar, pero en cierto nivel no se puede creer. Quizá porque, siendo verdad que estamos solos en este mundo, nacemos en y de una presencia que inicialmente es todo el universo.

Una mujer que con inmensa devoción permite el desarrollo de un ser humano funcional a partir de la dependencia total. En otras palabras, una madre ordinaria. Palabra que tiene que ver con el orden, la fila, lo que sostiene la trama. En castellano significa vulgar, prescindible, sin distinción. En inglés, por ejemplo, sigue queriendo decir lo regular, lo que está en su lugar. Pero las madres ordinarias —de las que no tratan libros ni titulares— son exactamente las que sostienen el tejido entero de lo humano. Es profundamente estúpida una sociedad que enseña a desmerecer aquello sin lo cual no existiría.

A esas madres, por el hecho de serlo, les debemos infinita gratitud. Como individuos, sí, pero también como colectividad.

Y la razón no es solo sentimental.

Reconocer esa dependencia inicial —la del bebé que no puede sino entregarse— sin que se convierta en sujeción adulta. Reconocer ese poder primigenio —el de la madre, que tiene en sus manos al ser entero— sin que devenga en dominio. Hacer ese doble reconocimiento desde una identidad adulta autónoma: esa es la base de la verdadera libertad. Aprendemos a ser libres no a pesar de haber sido completamente dependientes, sino precisamente porque alguien sostuvo esa dependencia sin convertirla en cadenas.

Y, dicho sea de paso, es también uno de los mejores antídotos contra los abusivos. Contra quienes, en la familia o en el poder, confunden autoridad con dominación. Nada le conviene tanto a un déspota como un ciudadano que no aprendió a depender de otro sin sentirse anulado, ni a ser cuidado sin sospechar humillación. Son esos ciudadanos los que aceptan, agradecidos, que alguien los infantilice a cambio de protección. La madre suficientemente buena nos vacuna contra esa tentación. Nos enseña algo que las autocracias necesitan que olvidemos: que se puede depender sin estar sometido, y se puede tener poder sin abusar.

Hay todavía algo más, y es lo que hace que este día tenga un peso particular cuando la madre ya no está. La maternidad ordinaria, la que cumple su tarea sin pretensiones, no solo nos prepara para vivir. También nos prepara para perderla. La base segura que dejó en nosotros sigue funcionando aunque ella ya no esté disponible para confirmarla. Esa es, quizás, la última devolución silenciosa de una madre suficientemente buena: convertirse, con el tiempo, en una presencia interna.

Por eso, este día no es solamente marqueteo en el calendario comercial. Es una de las pocas ocasiones públicas en las que reconocemos, aunque sea brevemente, que la civilización empieza ahí: en el regazo de alguien que decidió cuidarnos cuando éramos pura demanda y nada de retribución.

Eso, en mi caso, fuiste tú.

Los hilos de tu poder y los de mi dependencia se entretejieron en un lienzo que me permitió imaginar, desear, esperar y temer. Asustarme con tus ausencias y alegrarme con tus regresos. Y abrir un mundo —porque eso es lo que hace una madre, abre un mundo— sabiendo que podía retornar a una base segura.

Tuve el privilegio de ser amado por una madre ordinaria, alguien que a veces no estuvo disponible. Felizmente.

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