Hace unos días el Banco Mundial publicó su Atlas del Desarrollo Global 2026. Este año introdujo cambios importantes sobre las versiones anteriores, incluso ahora es una plataforma interactiva. El nuevo enfoque pone mayor atención en el ritmo del progreso en vez de comparar el avance en los 17 Objetivos del Desarrollo Sostenible. La pregunta ya no es únicamente qué país está mejor, sino cuál está avanzando más rápido.
La diferencia puede parecer sutil, pero cambia radicalmente la manera de analizar el desarrollo. Un país puede exhibir excelentes indicadores de educación, salud o ingreso per cápita y, sin embargo, encontrarse estancado. Otro puede partir de una situación mucho más rezagada, pero estar cerrando brechas a gran velocidad.
Por ejemplo, hace apenas unas décadas Corea del Sur tenía niveles de ingreso similares a los de muchos países latinoamericanos. Hoy pertenece al grupo de economías avanzadas. Lo que marcó la diferencia fue la extraordinaria velocidad con que acumuló capital humano, desarrolló instituciones, elevó su productividad y se integró a la economía mundial.
La velocidad importa porque el desarrollo no es un estado permanente. Ningún país puede asumir que el progreso alcanzado está garantizado. Las sociedades avanzan o retroceden según la calidad de sus instituciones, la capacidad de generar inversión, la estabilidad de sus políticas públicas y la confianza que proyectan hacia sus ciudadanos y hacia el mundo.
Esta perspectiva resulta particularmente relevante para el Perú. Durante las primeras dos décadas del presente siglo avanzamos velozmente: millones de peruanos salieron de la pobreza, el ingreso per cápita se multiplicó, la inversión privada alcanzó niveles históricamente elevados y la estabilidad macroeconómica permitió enfrentar crisis externas con relativa solidez. No éramos el país más desarrollado de la región, pero avanzábamos con rapidez.
Esto ha cambiado en los últimos años. Nuestra economía aún muestra fortalezas importantes, pero el crecimiento potencial se ha reducido, la inversión privada avanza con dificultad, la productividad permanece prácticamente estancada y la capacidad del Estado para ejecutar proyectos de calidad sigue mostrando limitaciones preocupantes. A ello se suma un clima político que dificulta la construcción de consensos y desalienta decisiones de largo plazo.
El peligro no es un colapso inminente, sino acostumbrarnos a crecer poco, a avanzar lentamente y perder posiciones relativas frente a países que hoy corren más rápido. Las naciones convergen hacia mayores niveles de bienestar cuando sostienen tasas elevadas de crecimiento durante largos periodos, fortalecen sus instituciones y generan oportunidades para que la innovación y la inversión prosperen. En otras palabras, cuando mantienen una alta velocidad de desarrollo.
La pregunta más importante para el Perú no es dónde estamos hoy, sino qué tan rápido estamos avanzando. Los rankings internacionales suelen generar titulares llamativos: algunos países suben algunos puestos y celebran; otros caen y se alarman. Sin embargo, muchas veces olvidamos que el desarrollo tiene dos dimensiones distintas: el nivel alcanzado y la velocidad de avance. Allí está el mérito de este nuevo Atlas del Banco Mundial. No solo nos muestra dónde estamos sino hacia dónde nos dirigimos y con qué rapidez.