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El verdadero fraude

"Los llamados ‘votos fantasma’ corresponden a más de 800,000 peruanos que votan como votan porque sienten —con razón o sin ella— que Lima no los reconoce. Exactamente lo que está ocurriendo ahora”.

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(Midjourney/Perú21)
(Midjourney/Perú21)
Fecha actualización:
10/05/2026 - 07:10
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Esta es una historia real acerca de una teoría conspirativa ocurrida hace algunos años en Lima. Un niño que vivía junto a un parque en San Isidro desarrolló un cáncer agresivo e inesperado, sin antecedentes familiares que lo explicaran. Eran tiempos en que la telefonía celular empezaba su crecimiento exponencial y, con ella, la instalación de antenas.

Justo acababan de levantar una en ese parque por las mismas fechas en que apareció la enfermedad. Por razones comprensiblemente emocionales nació una explicación simplificada y perfecta: la antena le había provocado el cáncer al niño.

No existía evidencia médica ni científica que sostuviera esa conclusión. Pero tampoco hacía falta. El dolor necesita culpables rápidos. Y la antena era uno visible, metálico y convenientemente monstruoso. Quien no aceptara esa explicación seguramente había sido comprado por la compañía telefónica. Si no estabas con nosotros, estabas con el enemigo.

El asunto se complicó cuando otros niños vecinos del parque presentaron síntomas oncológicos similares.

La crisis le dio identidad grupal a los vecinos. Canalizaron su angustia transformando el miedo en narrativa. La antena era culpable y debía desaparecer.

Mientras el discurso emotivo se blindaba a sí mismo y la gente miraba el celular como si viniera de Chernóbil, la empresa telefónica inició una investigación con oncólogos en Estados Unidos. Ellos ya sabían que una antena celular emite radiofrecuencia similar a la de un router Wi-Fi o un teléfono inalámbrico: radiación no ionizante, sin energía suficiente para alterar el ADN. Es un estándar regulado mundialmente. Sabían que el origen del mal no estaba allí.

Podría suponerse que los vecinos de San Isidro eran personas suficientemente informadas como para verificar rápidamente la verdad del asunto. Pero cuando llega el miedo, la razón suele pedir desaparecer.

La investigación médica no tomó mucho tiempo. Dejaron de lado las suposiciones y fueron al grano: todos los niños afectados tenían algo en común. Jugaban en el mismo parque. Analizaron entonces el agua con la que se regaba la zona. El resultado fue contundente: las tuberías eran antiguas y estaban recubiertas de asbesto, cancerígeno probado desde hace décadas. La contaminación venía del agua, no de la antena.

Nos acercamos ya a un mes envueltos en una teoría conspirativa fraudista que tampoco exhibe sustento sólido. Abunda en emociones, sospechas y agresividad, pero sigue sin presentar pruebas irrefutables de un plan maestro para manipular deliberadamente el voto.

Peor aún: la teoría muta constantemente ante la imposibilidad de demostrarse. Cambia de culpables, de mecanismos y de magnitud sobre la marcha. Esa naturaleza amorfa debería ser el primer indicio de su inconsistencia. Pero ya no se trata de racionalidad. Se trata de ansiedad.

Es cierto: la logística electoral fue de una incompetencia escandalosa y hay responsables que deben responder por la afectación al voto, que, al parecer, si a alguien favorecía era al candidato Nieto. Pero la desprolijidad, incluso brutal, no equivale automáticamente a una conspiración coordinada para alterar resultados. La pataleta está desnaturalizando un reclamo justo.

La teoría ha ido mudando conforme se le derrumbaban los argumentos. Primero fue una mafia tomando el control de la ONPE. Luego, las demoras en instalar mesas. Hubo un extraño paréntesis en que se amenazó con actos de sodomía utilizando tortugas si las cosas no se resolvían a favor del candidato denunciante. Luego, apareció el relato del millón y medio de votantes imaginarios que no pudieron sufragar. Luego, la auditoría del software en abril, el mismo que no se quiso revisar en marzo. Después, llegaron las supuestas actas fantasmas de la serie 900k. Última versión que sigue en mutación constante.

Ya se explicó cuál es la función de esa serie, facilitar el voto de los más pobres con acceso difícil a centros de votación, y hasta se han elaborado prolijos mapas demostrando que el voto rural que recogen responde a la naturaleza fragmentada y profundamente desigual del país. Su implementación está habilitada por la Ley Orgánica de Elecciones y es falso que en ellas puede votar cualquiera: votan solo los que están en el padrón. Son más de 800,000 peruanos que votan como votan porque sienten —con razón o sin ella— que Lima no los reconoce. Los ve, literalmente, como fantasmas. Exactamente lo que está ocurriendo ahora.

Aquí es donde la teoría fraudista termina cerrando el círculo de su propia intolerancia: en su versión más extrema pide anular esos votos, contradiciendo el mismo artículo 31 de la Constitución que invoca para defenderse: todo acto destinado a limitar el derecho al voto es nulo y punible. Pero la Constitución suele ser un documento muy inspirador hasta que deja de favorecerte.

Esta intoxicación fraudista, cargada de emotividad y furia, tiene un desbordado motor visible: Rafael López Aliaga. Un candidato que lideró durante meses las encuestas, pero terminó saboteando su propia posibilidad de victoria al vacar a Jerí y convertir la agresividad en estrategia política permanente. Más que acopiar errores intelectuales —que también abundan— el fraudismo cumple hoy una función emocional para un amplio sector ciudadano exhausto de experimentos populistas que, como el gobierno de Pedro Castillo, solo profundizan pobreza, frustración y miedo. López Aliaga necesita que se crea en el fraude porque la alternativa sería aceptar una derrota autoinducida.

Pero sí existe un fraude real, sostenido y documentado: es el que se comete contra la propia capacidad de razonar. Cuando la sospecha reemplaza a la evidencia y el rumor ocupa el lugar de los hechos, la inteligencia abdica y se entrega al alivio emocional que ofrece la manada.

La incertidumbre política —incómoda, compleja y frustrante— deja entonces de enfrentarse con el pensamiento crítico y pasa a drogarse con relatos tranquilizadores donde siempre existe un villano oculto. En la narrativa de López Aliaga ese enemigo ha oscilado del comunismo a Ipsos, de los caviares a los Miró Quesada, de Samuel Dyer a Venezuela, de Gustavo Gorriti a los bolivianos, y hasta ha incluido a Perú21, agradeciéndole la potente influencia atribuida. Se trata en realidad de una explicación portátil para no aceptar algo mucho más simple: la derrota.

El problema no es solo político, sino intelectual y moral. Una democracia puede sobrevivir a una elección reñida, a un conteo lento o incluso a errores humanos monumentales. Pero lo que resiste peor es la renuncia colectiva al criterio. Ahí nace el verdadero fraude: no en las urnas, sino en el instante en que una persona decide que sus temores merecen más confianza que la realidad verificable.

Mientras se dinamita la democracia con la cultura de la sospecha, el insulto y el berrinche, se le allana el camino a otro fraude mayor: un candidato camaleónico que ya pasó a segunda vuelta sin creer necesariamente en la democracia. El delirio fraudista, que además ataca y ningunea a la candidata que enfrentará esa opción incierta, está convenciendo a algunos electores de que frente al extremismo hasta una opción sin futuro es una alternativa descartable bajo la candidez de luego lo vacamos. ¿Ya se olvidaron de Dina Boluarte?

El fraudismo no sabe para quién trabaja. O quizá sí. Tipo Sansón derrumbando el templo y que se jodan todos. Eso sería bastante peor.

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