Quien organizó las reglas que enviaron en los siglos XV y XVI a miles de personas a la hoguera fue el fraile dominico Tomás de Torquemada. El inquisidor que creó el Tribunal del Santo Oficio se sentía la mano derecha de Dios. Vestía y, aparentemente, vivía de manera austera, pero acumuló una enorme fortuna y muchísimo poder gestionando los múltiples y millonarios bienes que confiscó la Santa Inquisición.
Torquemada se envició quemando a gente que no toleraba y a los que no les creía que se habían convertido al catolicismo que reinaba en la época. Judíos y musulmanes, marranos y conversos, fueron echados a la hoguera sin piedad porque sus declaraciones de fe no lo convencían. Encontraba pruebas en la tortura, en su delirio y en su imaginación.
Quién diría que siglos más tarde surgiría, en una de las que fuera una colonia de la misma España que parió a Torquemada, un político a la par de delirante. Un político que encuentra pruebas de fraude electoral en especulaciones, en datos que hiperboliza y hasta inventa. Un político que lideraba la intención de voto en las elecciones de este 2026 hasta que, el 17 de febrero, decidió apoyar la vacancia de José Jerí, entonces en el poder por mandato del Congreso. Contra todo sentido común, su bancada, la de Renovación Popular, ingresó entonces una moción para destituirlo, sumándose a otras tantas ingresadas por la izquierda, y sus votos hicieron posible la vacancia. Lo que ocurrió después es una paradoja: el control de la situación se les fue de las manos y el sustituto de Jerí resultó ser un perulibrista amigo de Castillo y Cerrón, que hoy mismo hace malabares para indultar al golpista y ayudar a Sánchez a ganar las elecciones.
Su torpeza política y su evidente falta de visión estratégica le costaron caro; ahí empezó a perder seguidores, la cosa se reflejó claramente en las encuestas. El 1 de marzo, Keiko Fujimori lo pasó en la intención de voto y entonces él advirtió: Si yo no gano, denunciaré fraude. Lo dijo más de cuarenta días antes del 12 de abril y sus palabras están registradas en todos los archivos.
Las cifras lo mortificaron al punto de que le cambiaron el humor y empezó lanzando improperios e insultos contra las encuestadoras y los medios. Él, por supuesto, no había cometido ningún error. Sin embargo, su carácter ya lo había vencido. Semanas después, visitó la región Apurímac y, cuando se disponía a exponer sus propuestas, un grupo de contramanifestantes de izquierda le salió al encuentro para pifiarlo. Como su partido no tiene bases nacionales, no tuvo gente capaz de hacer retroceder a los contramanifestantes, por lo que su seguridad tuvo que retirarlo del estrado, y en lugar de reaccionar como un estadista, lamentando la intolerancia de la que era víctima, les respondió a través de la prensa local: “Gente de mierda, gente basura, odiadores de mierda, por culpa de esta gente de mierda el Perú no camina”.
A los pocos días, en la ciudad de Satipo, dijo en un mitin que los militares permanecen en los cuarteles “haciendo estupideces”. Sus expresiones ofendieron, por supuesto, a toda la familia militar y provocaron un rechazo muy amplio en la ciudadanía. Aquello lo obligó a publicar un comunicado diciendo que sus expresiones habían sido sacadas de contexto.
Fue su intolerancia y su falta de respeto para con los demás las que le hicieron perder la posición que tuvo de puntero en las encuestas al inicio de la campaña; al final quedó tercero y no pasó a la segunda vuelta. Entonces, cumplió con lo que había anunciado: gritó fraude y acusó de sus errores a los organismos electorales, a las encuestadoras, a los medios, a los bancos, a los empresarios, a los otros partidos políticos, a la prensa.
Es cierto que se han registrado serias irregularidades en estos comicios, que tales faltas deberán investigarse a profundidad y castigarse con rigor, pero también es cierto que hasta el momento ningún observador independiente, nacional o internacional, ha encontrado pruebas objetivas de que hubo fraude electoral.
Sin embargo, el síndrome de Torquemada ha llevado al candidato que quedó tercero en la primera vuelta a verter amenazas contra el presidente del JNE, acusándolo de cómplice del fraude, profiriendo procacidades de carácter sexual en su contra y, por último, burlándose de él porque le falta un ojo. El cristiano que se precia de que, a pesar de ser millonario, tiene la vocación incontrastable de servir a Dios y al pueblo, se burla de un problema físico que aqueja a otro ser humano y, además, difama y calumnia a decenas de personas porque simplemente no le dan la razón.
Y lo peor es que ahora insulta, ataca e induce a sus seguidores a votar contra la candidata de Fuerza Popular, la única alternativa que le queda al elector de centro y centroderecha para no volver a sucumbir a la desgracia radical y populista que nos gobierna. La llama vaga y la increpa en sus mítines. “Le digo una cosa, señora Fujimori: usted sabe bien que me están robando las elecciones. Usted sabe bien que va a perder las elecciones y usted sigue, usted pierde con un panetón, señora. Es la cuarta vez que va a perder”.
Quiere, como Torquemada, echar nuestro país a la hoguera, castigarnos, que se queme el Perú, para que entendamos lo que nos perdimos por no elegirlo. El problema es que él no es el fraile dominico empoderado por los Reyes Católicos para liderar el Santo Oficio; en todo caso, él podría ser más bien la encarnación del monje Girolamo Savonarola, un cura gordo, calvo y apocalíptico que odiaba el Renacimiento, que alentó a los florentinos a quemar libros y obras de arte “pecaminosas”, a expulsar a los Medici de Florencia y a vivir bajo un rigor “moral” endemoniado hasta que una turba enfurecida lo arrestó, lo ahorcó y lo quemó en la misma plaza donde él montaba la pila de libros y cuadros que se debían incinerar en nombre de Dios.