Tengo un hijo pequeño, cuya existencia me lleva constantemente a reflexionar sobre el paso del tiempo, la memoria, la vida y la finitud. La niñez es una etapa hermosa —quizá la más especial—, pero me deja pensando el hecho de que no somos capaces de recordar buena parte de ella en la adultez. También me pregunto si somos siempre los mismos o si el hecho de crecer y envejecer nos convierte, constantemente, en nuevas personas.
Hoy, el ciudadano de a pie, y creo que agotado por el impacto de múltiples crisis, observa con cierto escepticismo tanto el accionar del Estado como el del sector privado.
Mi hijo tiene casi tres años y soy plenamente consciente de que todo lo que venimos viviendo juntos hasta ahora va a quedar almacenado en algún lugar inaccesible para su conciencia cuando sea grande, aunque sí quedará grabado en su cuerpo y su inconsciente. Es curioso cómo los recuerdos de nuestra infancia estén más en la memoria de nuestros padres que en la de nosotros mismos. También me impresiona pensar que una misma persona pueda transformarse tanto a lo largo de una vida y pasar de ser un bebé a convertirse en un anciano. ¿Pero es realmente la misma persona siempre?
Joshua Rothman analiza esta inquietante pregunta y plantea que hay dos maneras en que las personas suelen verse a sí mismas: las “continuers” —quienes sienten que siempre fueron ellas mismas y perciben una continuidad—; y las “dividers” —quienes sienten que han sido muchas personas distintas—. Investigadores de la University of Otago siguieron a más de mil niños desde los 3 años hasta la adultez media, evaluándolos periódicamente en distintos aspectos, como personalidad, conducta y relaciones. Uno de los hallazgos principales fue que el temperamento infantil sí predice parcialmente nuestra forma de ser en la adultez. Por ejemplo, los niños inhibidos tendieron a convertirse en adultos más tímidos e indecisos. Asimismo, concluyeron que ni estamos completamente determinados desde la infancia ni somos capaces de reinventarnos del todo, sino que nos ubicamos en algún punto intermedio entre ambos extremos. En otras palabras, somos el resultado de una interacción entre genética y ambiente.
A mí este tema me parece profundamente interesante y valioso. Creo que hoy en día somos plenamente conscientes del paso del tiempo en nuestro cuerpo, pero no necesariamente en nuestro mundo interno. Pienso que es muy importante observar también nuestras transformaciones psíquicas: preguntarnos en qué nos hemos convertido, qué partes de nosotros permanecen y cuáles han cambiado.
A veces miro a mi hijo y siento que, mientras yo intento registrar cada detalle de quién es hoy, él ya está camino a convertirse en alguien distinto. Quizá crecer implique encontrar ese delicado equilibro entre dejar atrás partes de nosotros mismos sin perder nuestra esencia.
Recibe tu Perú21 por correo electrónico o por Whatsapp. Suscríbete a nuestro periódico digital enriquecido. Aprovecha los descuentos.
VIDEO RECOMENDADO