Los mundiales de fútbol son un recurso limitado. Quien llegue con suerte a los 80 años habrá visto apenas una veintena. No parecen muchos para medir una vida, pero bastan para fabricar unas cuantas leyendas.
Existe un cronista deportivo llamado Gino di Dudas. O existió. Nadie parece estar completamente seguro. Lo extraño es que, pese a esa incertidumbre, durante décadas publicó columnas sobre los mundiales de fútbol.
Hace unos días, en Textuales & Marginales, un valioso pódcast sobre cultura y deporte, el notable poeta José Carlos Yrigoyen volvió a atribuirme la creación de Gino di Dudas. No puedo culparlo. Llevo treinta años escuchando esa historia. Tal vez haya llegado el momento de contar lo poco —o mucho— que sé sobre ese misterioso cronista.
Jorge ‘Coco’ Salazar fue mi primer jefe en Caretas y el periodista más libre que he conocido. Chosicano, fabulador, esotérico y enemigo declarado de los manuales de periodismo, despreciaba la verificación, la pirámide invertida y la concha de la lora. Creía en la magia de las palabras, en las historias improbables y en las conversaciones de sobremesa frente a un chifa. Su deontología cabía en una máxima: “Lo que no hay se inventa”.
Muy pronto heredé una de las tareas más delicadas de Caretas: escribir los textos de la calata de la penúltima página. Coco, mientras tanto, seguía perfeccionando su verdadero talento: prometer primicias imposibles con una convicción desarmante. Una vez le aseguró a Enrique Zileri que el torero Fredy Villafuerte me había prometido matar en solitario un toro de novecientos kilos y que Caretas tendría la exclusiva. Lo extraordinario era que lograba que le creyeran.
Cuando Perú clasificó a España 82, Coco se ofreció como enviado especial de Caretas. Nadie podía competir con su principal credencial: un mapa sentimental de exesposas y novias europeas dispuestas a resolver la logística bajo la legendaria fórmula de la Pensión Soto: casa, comida y poto. Zileri aceptó.
Yo me quedé en Lima editando sus crónicas y consiguiendo las “fotos exclusivas”. Para ello bastaban unas tijeras y los diarios extranjeros que llegaban dos días después a los quioscos internacionales de La Colmena. Lo que no hay se inventa.
Las crónicas que Coco publicaba eran prudentemente optimistas. Los faxes privados contaban otra historia: el entrenador Tim atravesaba una crisis matrimonial que empezaba a desmoronar al equipo. Coco tenía la información, pero no quería dinamitar a la Selección en plena Copa del Mundo.
Después de un par de días sin partidos —que aprovechó para visitar una de sus legendarias Pensiones Soto en Florencia— anunció que junto a su siguiente nota aparecería un breve recuadro firmado por un colega italiano. Eran apenas unas líneas venenosas, pero sugerían que el verdadero problema de Perú no era táctico, sino sentimental. El texto estaba firmado con tres iniciales: G.D.D.
Llegó el Mundial de Italia 90. Coco intentó convertirse otra vez en enviado especial, pero Zileri le recordó con énfasis vocal que Caretas todavía no terminaba de pagar España 82. La cobertura se haría desde Lima. Entonces Coco recordó a su supuesto colega italiano. Ya no firmaría con iniciales. Ahora tenía nombre completo: Gino di Dudas. Su columna se llamaría “Aquí Roma”. Como colaboraba ad honorem, nadie hizo demasiadas preguntas.
Las columnas de Di Dudas llegaban por fax. Domingo Tamariz me las entregaba para editarlas antes de incrustarlas como pequeños recuadros junto a las notas principales: lo que en diagramación se llama un huerehuere, un recurso gráfico atractivo pero inútil informativamente hablando.
Di Dudas, migrante italiano que trabajó en la fábrica Nizzola de Lima ensamblando motonetas Lambretta, era un cronista de noventa años obsesionado con todo aquello que el fútbol deja en sus márgenes: el césped, los hoteles, los mozos, las viudas, los perros callejeros y cualquier anécdota capaz de eclipsar un gol.
Mientras lo editaba tenía una sensación persistente: estaba leyendo una versión amargada de Coco Salazar.
El mismo humor, la misma inclinación por la digresión y, de pronto, unas referencias cultas que parecían escritas por otra mano.
No era difícil imaginar a Coco escribiendo esos despachos romanos a escondidas en las oficinas de “Ellos y ellas”, casi siempre solitarias, pues sus redactores estaban reportando la buena vida.
Además, Coco visitaba cada semana a Luis Alberto Sánchez para recoger su columna. Alguna vez lo acompañé. Descubrí el humor feroz, elegante y peligrosamente inteligente del maestro Sánchez. Era inevitable imaginar aquellas conversaciones derivando hacia el Mundial. Y, mientras leía a Di Dudas, cada vez me parecía escuchar un poco de Coco y un poco de Sánchez.
Abajo, junto a la cafetería Los Viejitos del jirón Huancavelica, había una cabina de fax capaz de enviar cualquier texto a Caretas como si hubiera llegado desde el otro lado del mundo. Era un plan perfecto. Lo más extraordinario no fue que alguien lo inventara. Fue que nadie sintiera la necesidad de comprobarlo.
Como era yo quien llevaba los textos de Di Dudas a Diagramación, la conclusión resultó inevitable: el autor debía ser yo. Desde entonces cargo ese equívoco.
Para que el lector se haga una opinión propia de la discutible calidad del cronista, un extracto:
Odio las multitudes. Hay semanas enteras que ni me muevo de mi casa. Pero agradezco al Mundial la oportunidad de sentirme aún estremecido por el escalofriante relámpago de la vida. Esto sucede cuando subo al bus junto con un grupo de holandesas o brasileras. “Qué lindo viejito”, dicen estas blandas e ingenuas criaturas de tan agradables aromas e irrepetibles vértebras cada vez que frena el vehículo y yo me arrimo a ellas buscando apoyo con toda el alma; y todo respeto, por qué no decirlo.
(“Aquí Roma”, Caretas, junio de 1990).
¿Qué demonios tenía que ver eso con el fútbol? Sea como fuera, Gino volvió discretamente para Estados Unidos 94. Poco después ocurrió algo todavía más extraño.
En esa época la revista Sí, dirigida por Ricardo Uceda, publicó en su edición #381 una carta firmada por Mitra di Dudas, quien decía ser hermano de Gino. Discrepaba sobre algunos episodios familiares, pero confirmaba lo esencial: los Di Dudas existían y el mayor de los hermanos se llamaba Gino. Conocedor del humor refinado de Uceda nunca terminé de saber si aquella carta aclaraba el misterio o lo complicaba todavía más: Coco, Sánchez, Uceda, todos se conocían entre sí.
Después cerró Sí. Murió Sánchez. Murió Coco. Gino di Dudas desapareció sin ellos durante casi veinte años. Parecía la conclusión natural.
Todo indicaba que la historia se terminaba ahí. Hasta que Perú volvió a un Mundial. Yo trabajaba entonces en El Comercio. Quise reunir un equipo de cronistas que escribiera sobre fútbol como si el balón fuera apenas una excusa literaria. Aceptaron José Carlos Yrigoyen, Katya Adaui, Jerónimo Pimentel, Renato Cisneros, Miguel Villegas, Alejandra Cruz y Julio Hevia.
Mientras armábamos el equipo, Julio me hizo una observación.
—Falta alguien.
—¿Quién?
—Gino di Dudas.
Le respondí que de Gino solo conservaba un viejo fax que, además, sospechaba, era el número de una cabina del Centro de Lima.
Julio sonrió.
—Yo sé cómo encontrarlo.
Tres días después Julio me envió una dirección de Gmail. Era de Gino di Dudas.
Nunca supe qué relación tenía Julio con Gino (Julio de hecho conocía a Coco Salazar y a Ricardo Uceda. No sé si a Sánchez). Solo sé que el correo funcionaba. Di Dudas respondía puntualmente y enviaba sus textos para Somos. Nunca agregaba un saludo. Nunca firmaba otra cosa. Solo escribía.
Esto escribió en Somos al presentarse al inicio del Mundial:
Cada cuatro años el relámpago de la vida estremece mi metro cincuenta de humanidad. Prótesis de cadera incluida. La ocasión es la misma: llega otro Mundial de fútbol y aún no he muerto. Amo este deporte hasta lo microscópico, eso que los insensibles llaman anécdota. Por eso me importa la altura del césped en el Mordovia Arena —ahí debuta Perú—. Yo debuté en jirón Huatica, cuadra 7, lo que fisiológicamente me hace peruano. Tuvieron que pasar 36 años para volver a pisar la cancha de la felicidad. Son los mismos que tengo de viudo, debe ser una señal: ¡Rusia, déjanos mojar los labios en las mieles del triunfo! Llego a Moscú con fe. Con esperanza. Y con mi papagayo.
De Modric escribió que tenía “el mejor rendimiento por centímetro cuadrado del campeonato”. Sobre Lev Yashin sostuvo que seguía siendo el mejor arquero de 2018 pese a llevar casi treinta años muerto.
Acabado el Mundial de Rusia, Di Dudas desapareció.
Pocas injusticias me han impresionado tanto como la muerte de Julio Hevia, apenas unos días antes del comienzo del Mundial. Nunca pudo escribir una sola línea del regreso del Perú a un Mundial. O quizás sí.
El último día que vi a la Selección despidiéndose de Lima fue también el último día que, sin saberlo, coincidí con Julio. Él estaba en una tribuna del Nacional; yo, en otra.
Esa noche me escribió un mensaje que nunca abrí. Podría haber sido sobre Di Dudas. Podría haber sido sobre un pancho que se comió en la tribuna. No lo he abierto. Sigue ahí, como un pequeño relámpago de vida clausurado por la pena.