El primer ministro inglés, Keir Starmer, acaba de anunciar su dimisión. De nada le sirvió haber ganado de forma rotunda hace apenas dos años. Ni tampoco haber llevado a los laboristas al poder, después del largo dominio conservador plagado de escándalos a lo “Boris Johnson”. Sin embargo, es su propio partido el que lo ha abocado a admitir que no puede continuar.
El líder británico ganó bajo un eslogan: Cambio. Cambio protagonizado por un hombre que se presentó a sí mismo como serio, sensato y confiable. Una terna distante de las marcas que hoy lo señalan.
El cambio no se produjo. La economía tampoco mejoró y el resultado de las elecciones municipales fue un desastre para el laborismo que cedió más de la mitad de su poder ante el empuje de otras fuerzas como el Reform UK o el Partido Verde.
Sin embargo, y pese a la estrepitosa caída, Starmer no tenía intención de dimitir. Incurrió en el error en el que suelen caer los políticos: creerse imprescindibles. O, lo que es peor, no tomar en cuenta la opinión de sus propios electores.
Algo así pasa en España donde un gobierno asediado por los escándalos judiciales renuncia a adelantar las elecciones. Sánchez afirmó en el Congreso que la pregunta no es si piensa dimitir, sino cómo sería posible no continuar al frente del Gobierno.
Seguro que Starmer se hizo esa misma pregunta. Y de ahí su renuencia a la dimisión. Sus compañeros de partido lo han sacado, más bien a la fuerza, de su error. A Sánchez, la mayoría del Congreso le ha exigido su renuncia. Su respuesta ha sido reírse a carcajadas. Milagro será que sus compañeros de partido le hagan ver la realidad. De vez en cuando se echa en falta cierto sabor inglés en la política latina.