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Cuando el marketing político no es suficiente

"El votante peruano responde a la autenticidad, la experiencia y la coherencia. El mensaje debe ser simple, directo y consistente: frases de acción, no de promesas".

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"En un contexto globalizado y tecnológicamente acelerado, las próximas elecciones exigirán estrategias mucho más segmentadas"
Fecha actualización:
08/11/2025 - 07:00
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Vivimos una era de hipercomunicación, donde los mensajes políticos se multiplican sin control y el ruido digital opaca cualquier intento de conectar con claridad. En un contexto globalizado y tecnológicamente acelerado, las próximas elecciones exigirán estrategias mucho más segmentadas y discursos adaptados a cuatro o cinco generaciones con lógicas, valores y canales de información distintos.

En el Perú, la mayoría vota con resignación. Un 32% decide su voto en el último mes, más del 30% prefiere pagar la multa antes que ir a las urnas, y muchos admiten que los malos gobiernos son fruto de votar mal.

Un estudio de Arellano Consultores confirma que más del 60% de los peruanos quiere un candidato que impulse el crecimiento y el empleo. El peruano promedio valora el esfuerzo y el trabajo, pero la inseguridad erosiona esa aspiración; por eso, la segunda prioridad es el orden.

El marketing político enfrenta un dilema: ¿cómo diferenciarse cuando todos prometen lo mismo? Seguridad, empleo, salud, educación... las palabras se repiten y pierden sentido. El país sufre de sobrediagnóstico y falta de ejecución; la ciudadanía lo sabe y responde con apatía.

El sociólogo José Antonio Marina lo resumió: “La economía se mundializa, los corazones se nacionalizan y las cabezas no saben lo que hay que hacer”. Ese desorden también habita en el votante peruano, que ya no confía en nadie. Ante ello, la estrategia política suele reducirse a tres ejes peligrosos: destruir al adversario con desinformación amplificada por IA, ofrecer promesas inviables y convertir al candidato en espectáculo.

Esa fórmula desgastada explica la pérdida de autoridad moral y narrativa. El reto es reconstruir la credibilidad desde la comunicación. Hoy, el campo de batalla no está en la imagen, sino en lo que el candidato instala en la mente del elector: ocupar espacio con dos o tres ideas claras que generen confianza.

El votante peruano responde a la autenticidad, la experiencia y la coherencia. El mensaje debe ser simple, directo y consistente: frases de acción, no de promesas. La simplicidad no implica superficialidad. Implica claridad estratégica. Un mensaje coherente, sostenido y segmentado puede transformar percepciones, incluso en un entorno tan fragmentado como el peruano. Cada voto vale igual, pero no todos los votantes piensan igual. Entender esa diversidad es la nueva ventaja competitiva del marketing político moderno.

El Perú no necesita más campañas, sino más visión. La comunicación debe volver a ser un instrumento de transformación y no una herramienta de manipulación. Solo así podremos aspirar a elecciones más limpias, debates más profundos y un país que empiece a cambiar desde la palabra, la coherencia y la acción.  

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