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Aristófanes y sus aves de presa (1)

Marlon Brando escribió que admiraba en Stella Adler su sabiduría para “descubrir la naturaleza de nuestros mecanismos emocionales y, por lo tanto, los de los demás”.

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Las aves
Alberto Ísola en una puesta en escena de 'Las Aves'.
Fecha actualización:
02/07/2026 - 11:37
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El montaje de un clásico griego es siempre una noticia importante, si bien infrecuente en nuestros escenarios. Aristófanes, el comediógrafo que escarneció a Sócrates y Eurípides, fue un genio escribiendo y, según infiere el helenista Albin Lesky, muy malo como director de sus obras, que entregaba a otras manos. Ahora tenemos Las aves en las de Mateo Chiarella, su adaptador y director (con la dirección adjunta de Lucho Tuesta). Alberto Ísola y Ricardo Velásquez son los hedonistas Pistetero y Evélpides, que huyen de Atenas y terminan fundando una república de aves; Brunella Odar, Renzo Quintanilla y Germán Ojeda tienen múltiples y exigentes papeles. Los tres exhiben un amplio registro y una intensa expresividad a nivel corporal. Esta puede apreciarse en la primera danza de las aves, con música dionisiaca del propio Chiarella y una excelente, casi mágica coreografía de Lucía Meléndez. El público, encantado, premia esta escena con aplausos.

 

 

Marlon Brando escribió que admiraba en Stella Adler su sabiduría para “descubrir la naturaleza de nuestros mecanismos emocionales y, por lo tanto, los de los demás”. Reconocemos este saber antiguo y poderoso en Alberto Ísola, uno de los mayores actores de Sudamérica. Con modestia, refiere el director, Ísola se entrega a la creación de cada personaje en el arduo trabajo de los ensayos. Por su parte, Ricardo Velásquez es, dice Chiarella, un actor orgánico, que prescinde del naturalismo para llegar a la imagen: “Ricardo sabe cómo ‘fisicalizar’ una emoción y agrandar un impacto”. Además, a mí me ha sorprendido el trabajo polimórfico de Germán Ojeda. No es difícil reconocer que su talento, junto con su profesionalismo, han formado a un artista que seguirá creciendo.

Gardel pudo decir que veinte años no es nada, pero no estoy seguro de que hubiera dicho lo mismo de dos mil quinientos. Hay un abismo cultural entre el pagano Aristófanes, con su obra obscena y carnavalesca, y el actual espectador del Perú, hijo de una cultura más o menos cristiana, informal y audiovisual. Lecturas sobre dos temas ilustrarían a la audiencia y le permitirían gozar mejor de la obra: la estética del realismo grotesco que descubrió Mijaíl Bajtín; la naturaleza de la “comedia antigua” en la Atenas del siglo V a. C. (en plena guerra del Peloponeso). La adaptación de la comedia y las elecciones de Mateo Chiarella (y opciones diferentes) serán tema de la próxima columna.  

 

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