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Animales en campaña

"Tres tortugas más, que no son morrocoy, sino de mayor calibre, gozan también de buena salud en Cañete. Esas tortugas vivirán más de cien años. Mucho más que el exfiscal. Mucho más que varios de los candidatos”. 

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Foto: Difusión
(Foto: Difusión)
Fecha actualización:
07/06/2026 - 07:10
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Esto fue algo más que una elección. Fue un diluvio de populismo, errores no forzados y desconcierto respecto a la extraña idea de futuro autodestructivo que la animadversión ha generado en por lo menos la mitad del país.

Gracias a esta histérica inversión emocional, el abismo terminó convertido en un suicidio asistido por la superioridad moral. Nunca tanta gente caminó con tanto entusiasmo hacia un precipicio convencida de estar ocupando el lado correcto de la historia.

Pero, como en todo diluvio, se salvaron los animales. Los primeros de estos mamíferos en ponerse a buen recaudo fueron casi dos centenares de candidatos que apostaron por el emprendimiento personal a favor propio y de sus familias, y acertaron: 190 nuevas circulinas andarán por Lima desde julio.

Además de los bípedos implumes electos, las elecciones estuvieron pobladas de animales en el sentido estricto del término. Los verdaderos, los leales. Puede haber sido una estrategia para parapetarse detrás del cariño que estos generan. Puede haber sido una señal cósmica de la naturaleza advirtiéndonos que esto era una animalada.

El primer y más evidente de estos casos fue la figura simbólica de un rosado y tierno cerdo de los dibujos animados —Porky Pig— como antídoto opuesto al carácter flamígero del candidato que representaba. Se trató de una versión porcina de doctor Jekyll y mister Hyde, donde el chancho parecía volverse cada vez más humano y el humano cada vez más chancho.

Luego, hizo su polémica aparición psicosexual la pequeña tortuga morrocoy (Chelonoidis carbonaria), discreto reptil amazónico que jamás sospechó que terminaría involucrado en una controversia multidisciplinaria entre Pornhub y Freud, donde el animalito acabó convertido en eventual arma de penetración ideológica.

De manera metafórica estuvo también presente otra fauna víctima de la mala reputación humana. Tuvimos a un congresista camaleón, experto en adaptar su personalidad al contexto requerido,  a quien añadidamente se acusó de querer mimetizarse en burro. Dicha invectiva alegórica fue respondida con la coartada de la victimización, contradictorio sofisma según el cual, cuando a un idiota se le dice burro, se insulta al idiota, pero no al burro.

Sobrevolando este bestiario político, no podía faltar la figura del buitre,  auscultando una miseria conceptual camuflada por el trauma en busca de migajas afines a su supervivencia. Entre ellos se coló un dinosaurio volador, el pterodáctilo que pretende nuevamente tener un canal de televisión gratis.

No podía estar ausente en esta arca improvisada la presencia del mejor amigo del hombre. El perro, sin embargo, tuvo un protagonismo agridulce, condenado a lo anecdótico.

Entre las tres decenas de candidatos presidenciales hubo uno que utilizó la figura del perrito como símbolo electoral. Más que amor, parecía un grosero usufructo de lo canino.

El discurso político de esta agrupación era una mezcla de reivindicación animalista con lugares comunes y poco carisma. En una entrevista le preguntaron al candidato, casi en sentido existencial, si valía la pena seguir utilizando la inocente figura de un perrito. La respuesta del candidato fue contundente respecto al tema de fondo:

Mantendremos la figura del perrito.

Dicha agrupación terminó obteniendo el 0.40% de los votos válidos. El electorado prefirió adoptar otras mascotas.

Pero hubo alusiones a maltratos animales aún más polémicos en esta campaña. En el primero de los debates presidenciales, el eufemísticamente llamado “técnico”, la congresista Rosangella Barbarán, especialista en alguna disciplina esotérica cuyo plan curricular permanece clasificado, hizo mención a una presunta orden de ejecución de animalitos. Se refería a los animales del expresidente Pedro Pablo Kuczynski, procesado por la justicia y perseguido por un fiscal cuya relación con la serenidad emocional merece diagnóstico.

Según la congresista, el día del feroz allanamiento a la casa en Cieneguilla del expresidente, cuando el guardián de la casa le preguntó al exfiscal José Domingo Pérez qué hacían con los animales que vivían ahí, este le habría respondido que había que matarlos. Esto suena ridículamente cruel, pero al mismo tiempo verosímil.

La orden de este animalicidio obviamente no constaba por escrito. La congresista citaba lo dicho por Nancy Lange, esposa del expresidente, quien refería que el propio guardián de la casa le dijo que tal había sido la respuesta del turbado exfiscal ante el futuro inmediato de los animalitos.

Quienes hemos seguido la evolución pública del perfil psicológico del exfiscal Pérez probablemente tengamos una opinión amateur sobre la plausibilidad de semejante frase. De que le bailan los ojos, le bailan. Pero una intuición no es una prueba. En todo caso, lo razonable es que la comunidad psiquiátrica nacional siga con atención la evolución del cuadro clínico del personaje.

Más importante es saber qué pasó exactamente con los animalitos de PPK, víctimas colaterales de la descomposición política peruana. Sobre este tema hay buenas y malas noticias.

Al saberse la amenaza fiscal de muerte que se cernía sobre ellos, una cadena de solidaridad de los vecinos de Cieneguilla permitió ponerlos a salvo. Fueron valientes, porque el excitado sistema nervioso fiscal pudo haberlos acusado de organización criminal intraespecies. Pero los vecinos no arrugaron.

Gracias a ellos, la burrita Clara hoy vive feliz en Cañete, evaluando una posible incursión en la consultoría política.

Dos alpacas sin nombre, cuya identidad se protege para evitar represalias judiciales, residen en otra casa segura.

Había dos perras de la raza australiana boyero, Nana y Dora. La primera falleció por causas naturales. La segunda lleva una existencia apacible en otra casa, a salvo de ser acusada por alguien de JPP de ser extranjera.

Lolo, carnero de Candarave, murió de viejo en una ubicación no revelada por motivos de seguridad.

Tres tortugas más, que no son morrocoy, sino de mayor calibre, gozan también de buena salud en Cañete. Esas tortugas vivirán más de cien años. Mucho más que el exfiscal. Mucho más que varios de los candidatos.

Y, con un poco de suerte, mucho más que este cansador odio político que cada cinco años nos persuade de que resentimiento y lucidez son una misma cosa. 

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