En el debate presidencial del último domingo vimos, como era previsible, posiciones claramente distintas sobre economía, empleo, infraestructura, salud y seguridad.
La tarea más difícil la tuvo Pedro Francke, representante del lápiz, frente a un Luis Carranza que expuso con claridad y precisión las propuestas económicas de Fuerza Popular. Francke, en cambio, debió corregir las declaraciones del propio candidato Roberto Sánchez y de su aliado político, Antauro Humala. “No vamos a expropiar a nadie”, dijo, repitiendo una frase tristemente célebre en Venezuela. También aseguró que pedirían a Julio Velarde continuar al frente del BCRP. Muchos electores indecisos deben haberse preguntado: ¿A quién creerle? ¿al candidato y sus aliados o a su equipo técnico?
Lo cierto es que enfrentamos una elección trascendental. No se trata únicamente de escoger entre dos candidaturas, sino entre dos visiones de país: una que apuesta por destruir lo construido bajo la promesa de empezar de cero, y otra que propone corregir errores preservando la estabilidad económica que permitió al Perú crecer y reducir pobreza monetaria durante décadas.
En la primera vuelta, se evidencia un profundo malestar ciudadano reflejado en el voto otorgado a un desconocido Roberto Sánchez. La protesta es entendible y legítima. El problema radica en dirigir esa frustración contra el modelo que genera riqueza, en lugar de hacerlo contra la incapacidad del Estado para transformarla en bienestar. La riqueza generada no ha sido transformada en infraestructura y servicios públicos dignos, en seguridad ciudadana, en salud oportuna y de calidad ni en educación universal. Debemos orientar nuestra indignación a exigir eficiencia y reformas, no a dinamitar las bases económicas que sostienen empleo, inversión y oportunidades.
Al plantear la simplificación administrativa, Fuerza Popular reconoce que gran parte de la informalidad laboral nace de una burocracia inoperante que expulsa al emprendedor de la legalidad y lo aleja de la protección del Estado.
Todos aspiramos a que nuestros hijos vivan en un país mejor que el que recibimos. Depende de nosotros que ese país sea el nuestro, votemos porque nuestros hijos sientan orgullo por su patria y que esta les permita desarrollarse plenamente.