En 2015, el entonces presidente Ollanta Humala invitó a Palacio de Gobierno a los expresidentes Alan García y Alejandro Toledo, así como a Keiko Fujimori, quien había perdido la elección contra él cuatro años atrás. La reunión se dio luego de que se destapara un presunto caso de espionaje contra el Perú. Los principales líderes políticos estuvieron sentados en la misma mesa, convocados en nombre de la unidad nacional.
Hoy, once años después, una postal similar sería impensable. Esto debido a que la polarización ha sembrado una profunda desconfianza. Es así como cualquier conversación política entre personas con diferente ideología se percibe como un “negociado” o un “pacto mafioso”. Como lúcidamente señaló Carlos Cabanillas en su columna del domingo, “la política es conversar y pactar sobre la mesa para alcanzar fines superiores, pero ellos (la izquierda) la han convertido en un tema moral de buenos contra malos”. Ejemplo de ello es que la izquierda criticó a Jorge Nieto por el simple hecho de haber saludado civilizadamente a Keiko Fujimori luego del debate de primera vuelta.
Lo que ha pasado es que se ha promovido, de forma irresponsable, la infantilización de la política y de los propios ciudadanos. Estos ataques irresponsables contra políticos han generado que se pierdan gestos que le dan valor y fuerza a la democracia. Por ejemplo, Toledo fue el último presidente que entregó la banda presidencial en el Congreso, ceremonia a la que asistieron el expresidente Fernando Belaunde y el exdictador Francisco Morales Bermúdez. Asimismo, García y Humala se reunían con sus antecesores para dar una imagen de unidad; y Pedro Pablo Kuczynski se juntaba con Alan García para intercambiar ideas. Eran épocas doradas.
Un gran ejemplo es Estados Unidos. La reciente inauguración del Centro Presidencial Obama reunió a los expresidentes Barack Obama, Joe Biden, George Bush y Bill Clinton, junto a sus esposas. A pesar de sus grandes diferencias políticas, se juntaron para reconocer un legado. En Estados Unidos, todos los expresidentes asisten a la toma de mando del nuevo presidente. Todos son recibidos con el respeto que merece un cargo que va más allá de las personas y que los acompaña incluso cuando ya dejaron el poder.
La muy probable victoria de Keiko Fujimori representa la última oportunidad que tiene el país para reparar el daño generado por la inmadurez de la izquierda y también del fujimorismo. Un gran gesto que marcaría el fin de la década perdida sería invitar a la toma de mando al expresidente Kuczynski, el único exmandatario elegido por el pueblo que hoy no está preso. Asimismo, la asistencia del expresidente Francisco Sagasti sumaría mucho. Volvamos a construir la república.