Con la transferencia de mando ya en marcha, el acercamiento del alcalde de Puno con la presidenta electa debe interpretarse en su real dimensión para comenzar a mirar más allá del horizonte capitalino.
Si bien es cierto que el altiplano es desde las últimas décadas un bastión de las izquierdas, el gesto del burgomaestre Javier Ponce Roque expresa la ansiedad de no pocas regiones del país que sienten que los avances de la economía y la modernidad los dejan siempre de lado.
En estas horas de victoria, por ello, Keiko Fujimori debería tener presente esa ansiedad y recoger el guante que le ha lanzado Ponce. Es decir, que muchos puneños –cuyos votos fueron fundamentales para ganar la carrera hacia Palacio– buscan volver a sentirse parte de los proyectos de desarrollo del país, especialmente aquellos que se emprenderán en los próximos años.
Pero no solo es el caso de Puno, las demandas de otras regiones que han sido tradicionalmente esquivas a los partidos de derecha deben ser atendidas con el mismo vigor. Para empezar, la emergencia generada por el fenómeno de El Niño será una de las primeras pruebas por las que pasará el nuevo gobierno.
Para la historia —mencionada reiteradamente por la presidenta electa, hablando del legado que quiere dejar— no habrá nada tan valioso como lograr reconciliar a los peruanos después de tantos años de polarización política, corrupción e inestabilidad en los poderes del Estado: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Fortalecer la democracia y sus instituciones, mejorar la gobernanza de las administraciones subnacionales y recuperar la hoy debilitada seguridad ciudadana, son las tareas esenciales que se deben asumir de inmediato.
Luis Carranza, a quien se vocea como próximo ministro de Economía, explicó durante los debates técnicos que el programa de Fuerza Popular se apoyará en tres pilares: orden económico, capitalismo popular y orden social.
Un planteamiento que, de concretarse, volvería a poner en marcha al Perú en la dirección correcta y a la velocidad que exigen las circunstancias.
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