No suelo ir a restaurantes caros, pero soy un genuino admirador de la cultura japonesa y de la gastronomía peruana. En el Perú hay tanto para estar frustrado e indignado —como tener presidente lobista y corrupto, futbolistas violadores y demás— que, para mí, parte de la salud mental es refugiarse un poco en lo bueno que tenemos.
Se venía el santo de mi hermano querido y entonces decidimos ir juntos al popular Maido, restaurante peruano-japonés para el que tuve que reservar con más de dos meses de anticipación. Es realmente caro, pero a la vez ¡ha sido el restaurante número uno del mundo! Qué orgullo tener una gastronomía que pelee por los primeros lugares constantemente. Los platillos me impactaron por su integración. Además del sabor, me impresionó lo que pueden lograr integrando ingredientes tan diferentes. Impresionante.
Y ese es el resumen para mí: el problema no está en la mezcla ni en la diversidad. Ahí está la riqueza. Pero la clave está en la elección. El problema no está en mezclarnos, ni en la política, ni en la cocina, ni en la sociedad, ni en la familia. Está en la elección.
Termino asociando mis palabras con las de Mitsuharu: la vida es integración y elección. Estamos en flujo constante, como lo están la tierra, el mar, las mareas y la sangre de nuestros cuerpos. “Las cocinas, como los árboles genealógicos, se ven, constantemente, redefinidas, enriquecidas sus identidades en una intensa interculturalidad que es la base de la historia de toda civilización, desde que los hombres intercambiaron los primeros sonidos, productos, ideas y costumbres”.
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