El niño aprendió muy temprano el significado de las despedidas. No porque alguien se lo hubiera enseñado ni porque lo hubiese leído en libros sobre vacíos y nostalgias, sino porque su vida entera parecía una maleta siempre abierta, carreteras interminables, terminales de buses, estaciones de trenes, aeropuertos y mudanzas. Mientras otros niños crecían en un mismo barrio, viendo cómo el árbol de la esquina se enraizaba y envejecía junto con ellos, él vivía condenado a partir.
Cada cierto tiempo, cuando recién comenzaba a reconocer calles, olores, rostros y voces de un lugar, aparecía nuevamente la palabra que marcaba su existencia: “Nos vamos”. Y entonces todo volvía a empezar. Los juguetes eran mal guardados en cajas, los cuadernos terminaban abruptamente a mitad de año, las cosas de Mamá se dañaban, los afectos quedaban suspendidos y las amistades se volcaban en promesas infantiles materializadas en cartas que nunca llegaron.
El niño aprendió a no encariñarse demasiado. Descubrió que el afecto podía convertirse en una forma de dolor anticipado. Por eso su espíritu se fue endureciendo como la piel curtida al sol. Cuando conocía nuevos compañeros, una parte de él se mantenía prudente, distante, como si supiera que cualquier vínculo tenía fecha de vencimiento. Los otros niños hablaban de “mi colegio” o “mi barrio” con una naturalidad que él jamás pudo experimentar. Para él, siempre en tránsito, todo tuvo la provisionalidad de una predefinida temporalidad.
Había noches en las que escuchaba a sus padres discutir sobre destinos, trabajos y oportunidades. Nunca entendía del todo las razones, pero sí comprendía plenamente las consecuencias. Cambiaban los acentos, los paisajes, las comidas, las costumbres y hasta el clima, pero en él permanecía intacta la sensación de extranjería. Siempre era el nuevo. El que llegaba tarde a integrarse a una clase. El que no conocía las tradiciones de la escuela ni las reglas del recreo. El que pronunciaba distinto algunas palabras. El que no conocía la jerga ni los modismos del lugar. El niño que, como Sísifo, siempre debía volver a empezar mientras los demás ya tenían una historia compartida.
Con el tiempo, desarrolló una extraña habilidad resiliente para despedirse sin llorar. Aprendió a llorar por dentro. Su rostro adquirió una prematura dureza que le hacía parecer distante, insensible. Era la barrera para defender su tristeza, esconder su trastabilleo sentimental. Su parapeto. Saludaba con una sonrisa siempre triste, abrazaba rápido y prometía regresar aunque supiera que probablemente nunca volvería. Difícilmente sonreía en la foto del recuerdo. Su prematura seriedad le defendía. Aprendió a mirar por la ventana del automóvil como quien contempla algo que se pierde definitivamente. Los caminos se volvieron más familiares que las casas.
Sin embargo, debajo de esa costumbre existía una herida silenciosa. Porque nadie puede partir tantas veces sin que algo se fracture por dentro aunque se exhiba una dureza externa. En cada ciudad dejaba fragmentos de sí mismo: un amigo con quien compartió secretos, una profesora que lo comprendió, un amor precoz, una esquina donde por primera vez se sintió menos solo, una cancha en la que peloteó con sus fugaces compañeros de equipo. Su memoria terminó convertida en un vasto mapa disperso de lugares incompletos.
A veces su imaginación volaba hacia cómo habría sido quedarse. Tener amigos de la infancia capaces de recordar juntos las mismas travesuras. Volver años después a una calle conocida y reconocer todavía las ventanas, los negocios y los rostros. Le parecía casi un privilegio extraordinario eso que otros consideraban normal: pertenecer.
Pero también había adquirido algo que pocos poseían. El viaje permanente le enseñó a observar. A escuchar. Agudizó su percepción. Aprendió a ver donde los demás no veían, a oír lo que los otros no oían. A entender los arcanos y mensajes encriptados. A comprender con más madurez que la que su edad le exigía que el mundo era mucho más amplio que una sola ciudad o una sola manera de vivir. Mientras otros crecían encerrados en su patria pequeña, él aprendió que los territorios eran mucho más grandes, que las personas cambian según el paisaje y que toda identidad es, en cierta forma, un equipaje en construcción.
El problema era que nunca sabía responder cuando le preguntaban de dónde era. Nombrar una ciudad le parecía traicionar a las otras. Su vida entera había transcurrido entre partidas, idas y venidas. Era, al mismo tiempo, de todos lados y de ninguno.
Con los años, ese niño se convirtió en un hombre que conservaba intacta la sensación de tránsito. Incluso cuando permanecía quieto, sentía que algo dentro de él seguía viajando. Como si hubiese heredado la incapacidad de echar raíces profundas, que podía ser de cualquier parte. Que se podría haber integrado a cualquier lugar, territorio o pueblo. Tal vez porque había aprendido demasiado pronto que todo puede acabarse de un momento a otro y que en la vida subsisten muchas verdades al mismo tiempo en el orden que cada uno, y su impronta, quieran darle. Finalmente, como decía Ortega y Gasset, uno es lo que es, más sus
circunstancias.
Sin embargo, nunca dejó de buscar. Siempre buscó sus raíces e identidades. Porque en el fondo, detrás de cada despedida, persistía un deseo secreto: encontrar algún día un lugar donde no tuviera que volver
a partir.
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