El reciente debate de equipos técnicos entre Fuerza Popular (FP) y Juntos Por el Perú (JP) dejó un sinsabor. El único bloque a la altura fue el económico, donde la comparación entre Luis Carranza y Pedro Francke resulta inevitable: bajo el primero, el Perú creció al 6% y la pobreza se redujo drásticamente; con el segundo, enfrentamos una histórica fuga de capitales, disparada del dólar y recesión.
Para ser justos, el equipo de FP, salvo Carranza, lució desarticulado, aunque respetando el plan de gobierno de Keiko Fujimori. La contraparte de JP, en cambio, optó por una falsa moderación, lanzando ofertas ajenas al plan de gobierno de Roberto Sánchez.
Las contradicciones son groseras. En primera vuelta, Sánchez tildó a Julio Velarde de “vergüenza” y prometió su remoción; el domingo, Francke prometió su continuidad en el BCR. Hace semanas, Hernando Cevallos aseguró que Camisea debía “retornar al Estado”; en el debate, JP juró que no habrá expropiaciones. Esta metamorfosis al caballazo destruye cualquier certeza y predictibilidad para inversionistas y cualquier peruano que pretenda invertir dinero en el país. ¿Qué garantías ofrece esta agenda cuando sus rostros salieron por la puerta de atrás del gobierno de Pedro Castillo?
Esta recicladora de figuras del castillismo y Susana Villarán evidencia una alarmante improvisación e ineptitud. Varios de ellos, incluido Sánchez, son exministros que no pudieron comprar urea, que callaron ante Sarratea, que toleraron los US$20,000 en el baño de Palacio y aquel infame cheque sin fondos que entregó Castillo a niños con cáncer.
Lo grave es que este camuflaje político ocurre a poco tiempo de un fenómeno de El Niño que proyecta niveles destructivos históricos. Aquí ya no se define una simple elección, sino la capacidad del Estado para proteger la vida de miles de peruanos. Difícilmente los técnicos reciclados de JP y sus autoridades graduadas en la “universidad de la vida” puedan evitar una desgracia.