El delirio y la excentricidad lo asaltaron desde adolescente. Quería ser director de cine. Le decían que estaba un poco loco. Produjo un cortometraje y lo exhibió. Pero los 17 años, pisó por primera vez un teatro para ver El loco de los balcones. “Ese día me di cuenta de que eso era lo que yo quería hacer en mi vida”, me dice Jean Pierre Gamarra.
El Congreso aprobó la ley que crea el Colegio Profesional de Artistas del Perú. Iniciativa que provocó el rechazo inmediato de diversos creadores de las artes. ¿Control político y censura a la orden?
A sus tempranos 17 años dirigió una primera obra en el imponente Teatro Segura. Su padre, general de la Policía, no estaba de acuerdo ni con el presente ni con el futuro de su hijo, pero aquella noche actuó como extra. Finalmente, no tuvo público y perdió dinero.
Para pagar las deudas, trabajó como tripulante aéreo, fue mozo en un crucero. Hasta que ingresó al célebre Instituto de Arte del Teatro Colón, la escuela pública de Argentina. “Fue mi única esperanza para no morir en el intento”, recuerda mientras trabajaba como cantante de tango o en un karaoke.
Partió a Europa para continuar su formación y volvió al Perú. Ya son más de quince sus puestas en escena en Lima y por estos días tiene en las tablas del Teatro Británico (Bellavista 527, Miraflores) un clásico de Shakespeare: El sueño de una noche de verano. Va hasta el 2 de agosto, de jueves a sábado, a las 8 p.m.; y domingos, 7 p.m.
“Este año tengo la oportunidad de hacer cuatro obras. Todas tienen que ver con el amor, con el deseo, pero de una manera diferente”, anuncia.
¿Cómo opera el amor hoy?
Es la primera vez en mi vida que me cuestiono el amor más allá de un sentimiento propio. Ha sido un año de revelación para mí, porque me he dado cuenta de que no sabemos nada del amor.
¿Qué no sabemos?
No sabemos lo que va a pasar, es algo que no podemos controlar. Empecé con Cyrano de Bergerac, el reestreno. Luego El sueño de una noche de verano. Me tocó hacer La púrpura de la rosa, donde Cupido traza el destino incluso hasta fatídico de los personajes. Luego me tocará hacer Las bodas de Fígaro, donde todos están enamorados de todos. Y a finales de año haré Romeo y Julieta, que no lo estoy llevando desde este amor idealizado. Entonces, el amor no es lo que creemos, es realmente una especie de tortura, está marcado por la tragedia, por la desgracia. El amor es como una enfermedad incurable y jamás vamos a poder encontrar la cura.
Sin embargo, cierta forma de abordar el desamor es cuestionada desde la corrección política. La denominada toxicidad. Canciones como “Propiedad privada” son cuestionadas. ¿Qué decir sobre ello?
Es que es algo de lo que no podemos escapar.
No podemos silenciarlo.
No. Efectivamente, no hay modo que el desamor no sea el punto de partida. Se nos está vendiendo toda una idea edulcorada sobre cómo uno tiene que llevar su vida. No me considero necesariamente un estoico, pero creo que estamos destinados a algo y que hay que aprender a disfrutar y encontrar la belleza en eso.
¿Para el amor hay que ser un estoico?
Creo que sí. La toxicidad va por otro lado. El sufrimiento por el amor es una cosa que no podemos evitar. Cuando aprendamos a no idealizar el amor, vamos a aprender a amar con mayor facilidad.
¿Shakespeare hoy sería cancelado?
Absolutamente. Sería acusado de misógino, de maltratador contra las mujeres. Es más, viene de una sociedad donde las mujeres ni siquiera podían actuar. Yo trato de leer a los personajes y las obras desde su tiempo. Jamás quitaría una escena que pueda referirse a algo que hoy en día es políticamente incorrecto. Hay que aprender a entender el arte también desde su tiempo; si no, tendríamos que cancelar todo.
Han llamado la atención tus puestas en escena. Da la impresión de que quieres proponer un teatro más comercial, más atractivo al gran público. ¿Es correcto?
Jamás he tenido esa intención. Hemos confundido la belleza con ostentación. Cuando planteo una obra, nunca estoy pensando ni siquiera en agradar al público. Efectivamente, puede parecer una crítica al teatro contemporáneo que se ha acostumbrado a poner solamente dos sillas en el escenario y que considera que el valor está en otro lado; y sí, hay un valor en el vacío, hay un valor en la esencia. Pero mi interés son los grandes clásicos. El gran problema del teatro en el Perú es que se han establecido dos bandos: el teatro intelectual y el teatro comercial. Ambos teatros me parecen fantásticos. Consumo ambos. Pero quizás lo que yo hago es un teatro popular. Creo que hemos logrado cautivar a un público que está en el medio, que se sentía excluido por el teatro intelectual y que no tenía un necesario interés por el teatro comercial, cuya única función es ser un teatro de entretenimiento. Pero en el medio está el teatro popular, quizás como el teatro de Brecht, que está diseñado para que la gente piense y se divierta.
Por cierto, ¿qué opinas de la creación del Colegio de Artistas del Perú?
Es una falta de conocimiento de la vida del artista. Los artistas hemos nacido para ser artesanos. Los artistas no necesitamos un título. Yo tengo maestría, pero no significa nada. Podría no tenerla. Quizás me sirva si algún día voy a acceder a algún cargo público. El artista no tiene que ver con eso, el artista se forma y se crea del mismo modo que se crea un artesano. El título profesional que te pueda asegurar una colegiatura, para un artista no funciona de la misma manera que para un médico. Me encanta la formación profesional en un artista, pero no sé cuánto ese sea el camino para que mejoren las artes escénicas o mejore la calidad de vida de los artistas. La imagen del artista la hemos reducido a tal punto que no tiene valor si no tiene un cartón.
¿Era una necesidad dejar Lima para formarte?
Sí. Yo sentía que el mundo teatral aquí estaba sesgado, considero que aún lo está. A eso me refiero con los dos bandos: el teatro intelectual y el teatro comercial. Y en el medio no hay un servicio (teatro) público para el pueblo. Eso me aterraba. Había algo que me faltaba: ese artificio del teatro, esa mentira que se crea en un escenario. Entonces, encontré en Europa una formación donde se trabajaba cierto tipo de repertorio... He hecho mucha ópera, mucho teatro barroco, romanticismo. Volví y lo primero que hice fue El misántropo de Molière.
Tu padre no estuvo de acuerdo con tu elección profesional. ¿Qué te dice ahora?
No creo que necesite decirme mucho. Él está presente en todos los estrenos. Y puede ver una obra mía más de dos veces.
¿En qué te pareces a él?
Somos de comandar.
¿Él un general de la Policía y tú un general de las tablas?
El teatro por más que parece una democracia, es en realidad una dictadura. Aunque a veces tengo que seguir lo que los actores hacen porque son muy talentosos. Pero siempre tiene que haber un orden.
Autoficha:
-“Soy Jean Pierre Gamarra Larrea. Tengo 40 años. Nací en Lima. Tengo nacionalidad croata por mi abuela. El pueblo de mi familia es muy pequeño, se llama Fiume en italiano. He estado en su pueblo. Mis abuelos vinieron al Perú en barcos, de modo no legal creo”.
-“En Lima debo haber puesto unas dieciséis obras en los últimos cuatro años. Tengo admiración por los grandes clásicos y por eso solo hago clásicos. No he escrito nada, no sé si tenga el talento. Tengo la oportunidad de conocer tanto repertorio, que me supera en creatividad”.
-“En el Colón de Argentina estudié la carrera de Dirección Escénica. Luego me fui a Italia a hacer una maestría en Dirección de Teatro Lírico a la Arena de Verona. Otra cosa importante para mí es la música. Para el próximo año está el plan de adaptar Los miserables de Victor Hugo en el Teatro Municipal”.
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