En segunda vuelta afloran los temores.
La segunda vuelta genera muchísimas emociones, afectos y temores. Mucha gente escoge lo que considera el mal menor frente al mal mayor. Pero una cosa que esta vez me llama mucho la atención es cómo a las personas les es casi imposible entender el miedo que tienen los otros. Yo puedo tener un determinado temor y una preferencia, pero puedo entender que otra persona tenga un temor diferente u opuesto. Y hoy escucho a muchos que consideran que el temor del otro está originado o en el retardo mental, en la estupidez o en la mala fe, la mala entraña. Es lo mismo que ocurre, para llevarlo a mi campo, cuando un pequeño viene corriendo al dormitorio de los padres y dice: “Tengo miedo”. Lo que generalmente funciona es entender que tiene derecho de tener miedo, no contradecirlo, y ciertamente no plantearle que es un idiota o que los fantasmas no existen. Es la capacidad de entender y empatizar con el miedo que tiene la otra persona. Y creo que lo que hay en este momento es una falta de empatía muy notable. El aceptar que otros puedan temer cosas que no son las que nosotros tememos. Aceptarlas, escucharlas y no solamente desmerecerlas o atribuirlas a un problema de mala fe o incomprensión.
Cada uno tiene sus fantasmas. Y hay mucho de real en algunos espectros.
Cada uno tiene sus fantasmas. Y las personas tienen derecho a tener sus fantasmas. Yo no desprecio el temor de ningún lado. El miedo a la oscuridad es un miedo atávico y profundo que tenemos todos. El no saber qué va a pasar y enfrentar escenarios desconocidos nos hace proyectar una serie de cosas y temer intensamente una serie de desgracias que pueden ocurrir.
Tras los miedos de la segunda vuelta, hay que crear consensos. A veces cuesta pasar la página.
En general, lo que se dice es que en la primera vuelta uno elige y en la segunda uno elimina. Sobre todo cuando las opciones de la segunda vuelta han recogido relativamente pocas adhesiones. Entonces, el voto en contra se define de manera más tajante.
Últimamente elegimos entre dos opciones con mucho voto en contra. Y mucho voto viciado.
No tengo los datos estadísticos, pero ciertamente muchas personas se ven tentadas a protestar contra el hecho mismo de la elección. Es como decir: “Me han obligado a entrar a este restaurante; no hay nada que me guste, entonces me largo del restaurante”.
¿El voto viciado es un voto de protesta?
Para muchos, el voto viciado es un voto de protesta. Lo que a mí más me llama la atención es esta tendencia a que cualquier cosa que uno quiera es cancelada por un grupo muy grande de personas. El voto en blanco es una opción aquí y en todas partes donde hay democracia. Lo mismo el voto viciado. La gente no se está escuchando. Hay una cancelación. Y sobre todo lo que hay es que todos hablamos frente a espejos que nos contestan, generando permanentemente una cámara de eco. Uno solo escucha aquello que ya piensa y no está dispuesto a escuchar matices o a respetar los anhelos de otros. Que son más comunes al final.
Queremos más o menos lo mismo.
Las personas queremos más o menos lo mismo en nuestras vidas. Queremos seguridad, predictibilidad y protegernos del abuso.
El algoritmo de las redes sociales fomenta esa cámara de eco ideológica.
Por supuesto. Acabo de hacer una conferencia que se llama así: “El espejo que habla”. La inteligencia artificial nunca te rechaza. Estamos en cámaras de eco que nos devuelven aquellas cosas que pensamos. Hay mucha rabia y el efecto de un país que está muy poco integrado. La gente tiene muy pocas experiencias en común. Las personas están votando en función de identidades. Quién se parece más a mí. Lo que sienten amenazada es su identidad. Y eso hace que el compromiso sea muy difícil. La identidad está jugando un rol muy importante desde hace 35 años.
“TODOS LOS PODERES SE HAN IDO DEVALUANDO"
Empezó con Fujimori: un presidente como tú.
“Un presidente como tú”. Y creo que eso sigue pesando. Y este es el candidato de los ricos, el candidato de los serranos, y así. Y no es una cuestión ideológica, sino de identidad. Pero al final las personas nos parecemos mucho más de lo que somos distintas.
Además, históricamente el peruano votaba al centro. La mayoría silenciosa. Pero ahora los extremos hacen más ruido.
En el Perú básicamente se ha votado por quien produce menos miedo. Es el que termina llevándose la mayoría de los votos. Y en cada elección hay un miedo que predomina. Me da pena que haya miedos descalificados de los dos lados. Ojalá podamos desarrollar partidos políticos. Es una profesión. Hay que aprender a ejercer el poder. Y el poder tiene un plazo.
Con tantas vacancias, hay una especie de parricidio hacia el gobernante. Un argumento para votar ahora es “a quién se puede vacar más fácilmente”.
Ese es un argumento francamente muy original. El problema es que al final nadie termina teniendo poder. Hemos vivido una situación en la que puedes hacer jaque, pero nadie puede hacer jaque mate. La existencia de un poder sereno y asertivo también es muy importante.
Políticamente hablando, hemos tenido a “papá gobierno”, padres ausentes, que han fugado y fallado. Incluyendo a padres de la patria.
Un tema en nuestro país es que quien tiene algo de poder lo ejerce de manera desconsiderada y absoluta. El poder tiene plazo y límites.
La presidencia se ha ido devaluando como figura.
Todos los poderes se han ido devaluando.
Esta elección política se ha vuelto moral. Se critica al otro desde un púlpito.
Si uno quiere escoger a la persona más correcta, no es necesariamente en términos de la corrección interpersonal cotidiana. La lucha por el poder no es bonita. Tiene ciertas reglas. Y las personas que hacen de la política una profesión aprenden de esas reglas. Es una lucha complicada y a veces nada simpática. Definir la moral solo en términos de corrección individual e interpersonal… Probablemente nadie en el mundo califica para presidente de la República.
La cancelación es casi una persecución de quienes no votan igual. Incluyendo el voto viciado.
Veo que se enemistan y se pelean personas cercanas y de una misma familia. Eso es lo que me preocupa. Casi como creer que el otro tiene una minoría de edad o definir su coeficiente intelectual, por un lado, o que tiene mala entraña y quiere lo peor para tu país. Y no es cierto. La mayor parte de las personas no tienen mala entraña y quieren lo mejor para su país. Salvo que no están de acuerdo en cómo llegar a eso.