Un reciente artículo de The Economist se sorprende ante la muy peruana tradición de quemar muñecos en Año Nuevo. “Muchos despiden catárticamente el año viejo quemando efigies de las figuras públicas más odiadas”, dice el reportero de la revista británica. “La gente quiere quemarlos en la vida real, pero, como no pueden, queman figuras suyas en su lugar”, dice Yacco Vásquez en el reportaje, fabricante de estos muñecos. “Ver arder a estas figuras públicas alrededor de una fogata y rodeado de seres queridos quizás sea uno de los aspectos más gentiles de la política peruana”, dice la crónica.
Sorprende la sorpresa. La quema de muñecos es una vieja tradición latinoamericana. Es una performance catártica, ciertamente. Pero quizás, en lugar de promover la violencia, sirva para aplacarla. El ruso Mijail Bajtín (1967) lo entendió mejor cuando desarrolló el concepto de carnavalización de la política, que es la relectura de la realidad nacional en clave irónica, trastocando el orden y poniendo patas arriba a los que nos gobiernan. Bajtín analizó la cultura popular de la Edad Media a través de François Rabelais, pero luego Foucault lo llevó a la era contemporánea. El instante carnavalesco inauguraba “un mundo irrestricto de manifestaciones cómicas que se oponen al tono oficial y serio de la cultura eclesiástica y feudal”. El carnaval “trastornaba la ideología estatal y liberaba a la gente, así fuera solo transitoriamente, de un sistema represor”. La carnavalización a la peruana hace justamente eso: invertir las jerarquías de los de arriba y los de abajo. Por un breve instante, los últimos son los primeros y pueden vengarse simbólicamente de quienes los gobiernan con el humor subversivo y el fuego purificador. Un presidente peruano termina siendo, literal y argumentativamente, un “hombre de paja”.
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