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Dos expresidentes sentenciados

Martín Vizcarra y Pedro Castillo: De Palacio a Barbadillo

Pedro Castillo y Martín Vizcarra: dos golpistas corruptos que usaron el antifujimorismo para tomar el poder, el racismo para asolapar delitos y el origen provinciano para victimizarse.

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Ambos utilizaron la división del antivoto, la impopularidad de los parlamentarios y el plebiscito del ‘pueblo’ para puentear al Congreso, ya sea vía referéndum o Consejo de Ministros Descentralizado.
Fecha actualización:
30/11/2025 - 07:05
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Ambos instrumentalizaron el racismo y el antifujimorismo, aunque en distinta medida y proporción. Martín Vizcarra fue la cuota provinciana en la plancha blanca de PPK (Bruce dixit). El moqueguano que junto al puneño Mamani le tomó el pelo a los Thorne y Kuczynski de Oxford. El cholito que los hizo cholitos, en suma. Pedro Castillo se disfrazó de mito del Inkarri con apellido de Castilla y poncho asturiano. Prometió ser el sueño del pongo, pero despertó como pesadilla cobriza porque cobraba. Ambos se vistieron de mal menor frente al fujimorismo, uno en Palacio y el otro en las urnas. Utilizaron la división del antivoto, la impopularidad de los parlamentarios y el plebiscito del ‘pueblo’ para puentear al Congreso, ya sea vía referéndum o Consejo de Ministros Descentralizado. El respaldo lo tuvieron en la calle, ya sea con la clase media o con el sur andino. En ambos casos corrieron ríos de sangre. Y ambos dictadores terminaron pateando la mesa con cuestiones de confianza implícitas y denegaciones fácticas, creando nueva jurisprudencia golpista para los futuros presidentes. Pero Vizcarra no solo inspiró a Castillo en el cierre del Congreso. También tentó cambiar la Constitución con una Asamblea Constituyente, como lo adelantó en entrevista con RPP de noviembre de 2020.

VICTIMISMOS COMPARADOS

Así como Vizcarra escueleó a Castillo con su golpismo, Humala lo inspiró con su retórica antifujimorista electoral. Pero fue Alejandro Toledo quien patentó el victimismo racial como patente de corso. No es casual que Castillo haya sido candidato a la alcaldía de Anguía con Perú Posible en 2002. El relato del lustrabotas trajo el mito del campesino. Uno juramentó en Machu Picchu y el otro en Pampa de la Quinua. Uno estuvo en la Marcha de los Cuatro Suyos del 2000 y el otro en la huelga magisterial de 2017. Así pasamos de la chakana al lápiz, de la vincha al sombrero y del alcohólico al bucólico. Hoy, en Barbadillo, Castillo le dice a Toledo, con toda justicia, ‘papá’.

Castillo, sin embargo, llevó el victimismo al paroxismo. Y la izquierda con maestría ayudó mucho, infantilizándolo con su lógica paternalista. Con su retórica poscolonial, quisieron transformar al buen salvaje en un buen revolucionario. Trataron de convertir al ‘prosor’ filoterruco en un Benito Juárez peruano, volviéndolo un héroe de la subalternidad y, a la vez, un inimputable.

 

EL HUEVO O EL POLLO

¿Qué es primero, el político o el delincuente? ¿El político que delinque o el delincuente que busca politizar su juicio? Ya desde el siglo XIX había judicialización de la política y politización de la justicia, sobre todo en el Perú. Pero en tiempos de posverdad y desinterés, la polarización divide aún más a la opinión pública, con esas muy peruanas ganas de dar la contra. ¿Qué es primero, el candidato al que le abren una investigación o el procesado que busca inmunidad y antejuicio político? ¿El huevo o la gallina? ¿El pollo vivo o muerto?

La deliberada confusión busca patear el tablero de los procesos judiciales, politizar las sentencias y, de paso, meterle miedo al juez de turno, sea supremo o electoral. Y en plena campaña presidencial, la fake news presidencial apela también a la historia peruana.

 

LÓGICA MARTIROLÓGICA

Y es que en tiempos electorales, la narrativa persecutoria de Vizcarra y Castillo se apoya en una verdad histórica. Durante casi la mitad del siglo XX la derecha persiguió ferozmente a más del tercio de la población peruana, matando, exiliando y encarcelando sin un juicio justo a cientos de miles de apristas, socialistas y comunistas. No se les permitió postular en elecciones democráticas por décadas. Eso lo saben bien los profesores sindicalistas como Pedro Castillo. Y también los de familia aprista como Martín Vizcarra. Porque la política peruana se ramifica a través de los árboles genealógicos. Y la historia de la Gran Persecución dejó una huella indeleble en la conciencia popular de nuestros padres y abuelos. La lógica martirológica se inspira en la lógica cristiana. Tiene sus mártires, sus catacumbas, sus héroes y sus prisiones. Y los años de prisión se llevan como galones en el uniforme.

 

SIGLO XX Y SIGLO XXI

Sin embargo, una mirada a la hemeroteca desmorona de un plumazo el relato de la persecución política. Los perseguidos del siglo XX fueron proscritos de las elecciones durante cinco décadas, procesados sin derecho a un juicio justo y encarcelados con falsas acusaciones. Fueron víctimas de las dictaduras de Sánchez Cerro, Benavides, Odría, Velasco y Morales Bermúdez. Hoy, en pleno siglo XXI, Castillo y Vizcarra son golpistas que atacaron gobiernos, Congresos y sistemas democráticos desde sus respectivos gobiernos. Sus delitos están plenamente documentados y comprobados. Y sus inhabilitaciones han llegado varios años después, tras haber ejercido y abusado del poder. Vistos a la distancia, ambos se parecen más a esas decenas de caciques provincianos y autoritarios del siglo XIX

 

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