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Una lágrima más para Roberto Sánchez

“Hay personajes que han construido una larga narrativa para presentar esa decisión como el desenlace de una lucha moral, un proceso doloroso o una reflexión extraordinariamente compleja”.

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Fecha actualización:
06/06/2026 - 07:07
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Lo que más me ha llamado la atención de esta segunda vuelta no es que algunas personas hayan decidido votar por Roberto Sánchez porque evidentemente nunca votarían por Keiko Fujimori, sino el teatro que han montado para llegar hasta ahí. Ha sido muy entretenido ver todo el drama e historia que han recreado para verse más decentes antes de decir públicamente cuál es su voto. 

Hay personajes que han construido una larga narrativa para presentar esa decisión como el desenlace de una lucha moral, un proceso doloroso o una reflexión extraordinariamente compleja. En la última semana hemos visto varios casos.

César Hildebrandt pasó de sostener que su voto era viciado a concluir que Sánchez era la mejor opción, aunque tampoco ha afirmado que votaría por él. Su postura ha cambiado después de la famosa carta de un amigo. Como recurso literario, puede funcionar; como explicación real resulta bastante difícil de creer para alguien un poquito perspicaz. Siempre me pareció que apoyaba a Sánchez y que era cuestión de tiempo mostrar ese apoyo. Probablemente, solo estuvo reflexionando cómo ante su público su posición parecería un poco más heroica, más respetable y un acto de desprendimiento.

Algo parecido ha ocurrido recientemente con Salvador del Solar. Otra vez la historia del ciudadano angustiado, atrapado entre dos opciones terribles, que después de una profunda reflexión llega finalmente a la conclusión correcta. Es un gran actor que publica una conclusión en video, una que, sospecho, ya la tenía preparada desde que supo los resultados de la segunda vuelta.  

También hay ejemplos donde el espectáculo es más explícito. El streamer Carlos Orozco, por ejemplo, diciendo que está a un video más de terminar votando por Sánchez. No cualquier video, sino uno más de esos personajes que terruquean a los votantes de Sánchez, que recurren al clasismo, al racismo o a argumentos cada vez más disparatados para defender el voto por Keiko. Parte de su crítica es perfectamente válida. El problema es que la propia posibilidad de cambiar su voto viciado termina presentada como una especie de episodio en desarrollo, algo que la audiencia sigue casi esperando que ocurra.

La impresión que dejan varios de estos casos no es la de personas que cambiaron de opinión, sino la de personas que siempre supieron dónde terminarían, pero que necesitaban representar ese viaje, ese casi duelo. Apoyar a Sánchez no es ilegítimo. Cada quien puede votar por quien quiera, pero para ciertos sectores sigue siendo importante demostrar que no llegaron ahí por afinidad ideológica, por identidad política o por simple antifujimorismo, sino después de un proceso casi épico de deliberación moral.

Algo parecido sucede con algunas organizaciones y activistas. El Movimiento Homosexual de Lima (MHOL) y los organizadores de la Marcha del Orgullo —probablemente 4 gatos— han tomado posición pública. Están en todo su derecho, pero a veces la forma en que esos pronunciamientos se presentan da la impresión de que expresan una suerte de consenso colectivo que en realidad no existe. Y también pareciera que condenara que cualquier otra persona LGBTIQ+ optara por la otra opción.  

Del otro lado también hay posicionamientos previsibles. Rafael López Aliaga terminó respaldando a Keiko Fujimori. Su telenovela no responde a la misma batalla ficticia recreada por los anteriores personajes, sino a su propio enredo al acusar al proceso de fraude electoral.  

Lo que me genera desconfianza de algunos personajes en esta campaña no es que voten por Sánchez ni que intenten convencer a otros de hacerlo. Lo que me cuesta creer es la lágrima previa, la carta reveladora, la angustia pública, la reflexión de último minuto. La sensación de que estamos asistiendo a una decisión desgarradora cuando muchos parecen estar llegando exactamente al lugar donde siempre iban a llegar. 

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