Es parte de un dicho popular nunca mejor aplicado a la política. Esto lo experimentó el expresidente Humala, quien juró el 28 de julio de 2011 por la carta del 79 (derogada), pese a que había ganado las elecciones con la Constitución del 93. Esta provocación, y otras actitudes altisonantes, anunciaban un gobierno de izquierda. Sin embargo, con el paso de los meses se fue morigerando hasta finalizar su mandato en 2016 como un gobierno de centro.
Cuando se le preguntó por qué no cumplió todos sus anuncios/amenazas de campaña, aquella del polo rojo que luego se fue destiñendo, expresó que en el manejo de la cosa pública, en el Estado, una cosa es con guitarra y otra con cajón.
Tuvimos hace poco a un excanciller que, como ciudadano desde la tribuna pública, abogaba por el retiro del Perú de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH). Una vez juramentado como ministro, teniendo —con la presidenta— en sus manos la materialización de ese retiro, dijo que no era posible porque nuestra presencia en el sistema interamericano de Derechos Humanos es una política de Estado que la Cancillería debe mantener. A contramano, logró que un destacado jurista peruano fuera nominado juez ante la Corte IDH.
La política —en el fondo— es el arte de tragar sapos en público exhibiendo al mismo tiempo una gran fruición. Quien participa en ella debe aceptar la realpolitik. Debe saber leerla apropiadamente. Eso no siempre calza con lo que intuye, asume, presume, sueña, desea o ilusiona realizar. La política enseña que es la realidad la que impone sus propios caminos más allá de efímeras voluntades.
Fujimori en los 90 llegó al poder desde una desconocida esquina, rodeado de asesores de izquierda. A los seis meses los despachó entregándose en cuerpo y alma a las FF.AA. hasta gestar el golpe de Estado del 92, tratando de hacer realidad el ansiado Plan Verde. También Belaunde en el 63 anunció una reforma agraria que nunca hizo, lo que luego fue utilizado como pretexto para el golpe de Estado del 68, implementándola de mala manera el gobierno militar izquierdista de Velasco.
Estamos avisados que entre lo que se ofrezca en la campaña y lo que se vaya a hacer en la realidad puede haber una sustancial diferencia. De cara a las próximas elecciones deberíamos distinguir entre la quimera y la realidad económico-social. Entre lo que no se ofrecerá —con estridente silencio— y lo que necesariamente se llevará a cabo en nuestra realpolitik.
La política exige que en los actos públicos los candidatos deben estar dispuestos, sin reparo por el ridículo, a dejarse toquetear por una quimbosa morena del Callao o a dar pronta cuenta —sin mohín alguno— de un suculento pan con chicharrón en el sur de Lima, so riesgo de perder la querencia de un electorado —potenciado por las mortales redes sociales— sintiendo cómo se diluye, entre los dedos, el ansiado poder que nunca llegará a tocar su puerta.