El sábado 7 de junio en Bogotá, el senador Miguel Uribe Turbay, precandidato presidencial del partido de derechas conocido como el Centro Democrático, se encontraba dando un discurso parado sobre un improvisado estrado compuesto por unas 2 o 3 canastas de plástico. Momentos más tarde, un sicario le dispararía 3 veces.
Uribe Turbay, nieto del expresidente liberal Julio César Turbay, aspira a ser el candidato presidencial del uribismo, movimiento político el cual, si se suma la intención de voto de todos sus precandidatos, podría ser la primera fuerza electoral en Colombia tras el muy ansiado final del gobierno encabezado por Gustavo Petro. Uribe Turbay, sin embargo, no solamente es nieto de alguien. También es hijo de alguien – Diana Turbay, periodista cobardemente asesinada por Pablo Escobar hace ya 34 años.
La primera mitad de los 90 fue una época particularmente violenta para Colombia, un país no desacostumbrado a la sangre salpicando las ánforas electorales. En 1989, fue asesinado el candidato del histórico partido Liberal, Luis Carlos Galán. El año entrante, Bernardo Jaramillo, candidato de la coalición de izquierdas “Unión Patriótica” también sería asesinado. Le seguiría el líder máximo del M19, movimiento guerrillero que decidió dejar las armas y participar en democracia, Carlos Pizarro, quien sería también sería asesinado el mismo año. 5 años más tarde, Álvaro Gómez Hurtado, el Goliat de la derecha colombiana, también sería asesinado. Si le sumamos a esta triste lista el asesinato del líder liberal Rodrigo Lara Bonilla en 1984, hablamos de un país que en una década perdió a algunos de sus principales referentes políticos a manos de la más cobarde de las violencias, una violencia no motivada siquiera por un odio ideológico de aquellos incandescentes, pero más bien por una violencia motivada por el dinero y nada más.
Durante los últimos años hemos vuelto a ver a la violencia asomar su brutísima cara en la política de nuestra América. En 2018, el entonces candidato y ahora expresidente de Brasil, Jair Bolsonaro fue apuñalado por Adélio Bispo de Oliveira, un enfermo mental que alego haber estado siguiendo las ordenes de Dios. El 2023, el periodista y político centroizquierdista ecuatoriano Fernando Villavicencio recibió 3 disparos a la cabeza durante un mitin electoral. Al igual que Uribe Turbay, Villavicencio aspiraba a la presidencia de su país, y sus asesinos siguen impunes.
Sin embargo, y de forma extraña cuando nos comparamos con el resto del mundo, los mártires de nuestra región rara vez se convierten en puntos focales de respaldo electoral. Gómez Hurtado, Bernardo Jaramillo, Pizarro y, más recientemente, Villavicencio, fueron todos asesinados en medio de sus campañas o carreras políticas, y en ni uno de sus casos logró la muerte convertirse en un catalizador para el éxito electoral para su causa. Gómez Hurtado, figura central del conservadurismo colombiano, cayó en 1995 y con él se desplomó el Movimiento de Salvación Nacional. Jaramillo y Pizarro, asesinados con semanas de diferencia en 1990, no lograron dejar una herencia política duradera: la coalición resultante de la unión de sus partidos tras sus muertes apenas superó el 12% del voto. Villavicencio, periodista incómodo y candidato disruptivo en Ecuador, fue acribillado durante la campaña presidencial de 2023; su reemplazo quedó relegado al tercer lugar sin mayor proyección.
En ese patrón lúgubre, el caso de Luis Carlos Galán ocupa un lugar ambiguo: ya se perfilaba como un futuro presidente desde inicios de los 80, y si bien fue asesinado en 1989 antes de poder confirmar su hegemonía en las urnas, su muerte sí logró galvanizar a un sector del electorado aún indeciso y abrió paso al triunfo liberal de César Gaviria. Aun así, es difícil decir si fue el duelo o la innegable mística legada por Galán Sarmiento el que convenció a los votantes. La única excepción nítida sigue siendo la de Jair Bolsonaro: apuñalado en plena campaña de 2018, su intención de voto se disparó y con ella también su narrativa de guerra, fe e inevitabilidad.
En América Latina, la muerte conmueve, pero no arrastra votos. La política —como la vida— parece seguir perteneciendo a quienes logran sobrevivirla.