Este otoño en Lima se ha sentido atípico. El calor que no se va, la humedad que sigue pegándose a nuestros cuerpos, los zancudos que continúan apareciendo por las noches y la constante conversación sobre lo calientes que siguen siendo los días. A pocos días del inicio oficial del invierno, muchos limeños todavía sienten que este simplemente no ha llegado.
La presencia del fenómeno El Niño en el Pacífico y las proyecciones del Senamhi apuntan a condiciones más cálidas de lo habitual para la costa peruana durante los próximos meses. El Niño es un fenómeno natural y cíclico que ha acompañado la historia climática del Perú durante siglos, llegando incluso a contribuir al colapso de civilizaciones, como la mochica.
Sin embargo, el contexto actual es diferente. El Niño ocurre hoy en un planeta más caliente. El cambio climático no genera este fenómeno, pero sí amplifica muchos de sus efectos. Como consecuencia, eventos que antes eran excepcionales se vuelven más frecuentes, más intensos y más costosos para nuestras ciudades y nuestra economía.
Por eso, sería un error considerar este invierno inusualmente cálido como una simple anomalía pasajera. Más bien deberíamos verlo como una advertencia de lo que podría convertirse en la nueva normalidad. Las ciudades son especialmente vulnerables. Lima ya experimenta el fenómeno conocido como isla de calor urbana, donde el concreto, el asfalto y la escasez de vegetación elevan las temperaturas por encima de las zonas circundantes. El reciente reporte de Lima Cómo Vamos sobre clima y resiliencia urbana muestra que los ciudadanos identifican el aumento de áreas verdes y la protección de espacios naturales como algunas de las medidas más importantes para enfrentar el cambio climático. Sin embargo, también revela una preocupante falta de confianza en la capacidad de las autoridades para responder a este desafío.
Y es que el cambio climático no se manifiesta únicamente a través de grandes desastres. También aparece en pequeñas alteraciones cotidianas: noches más cálidas, mayor consumo de energía, viviendas menos confortables, impactos en la salud de niños y adultos mayores, y espacios públicos cada vez menos habitables durante ciertas horas del día.
Mientras la capital enfrenta inviernos más cálidos, otras ciudades experimentarán lluvias más intensas, sequías prolongadas y alteraciones en los ciclos agrícolas. Los efectos serán distintos según el territorio, pero ninguna ciudad quedará al margen.
Por eso, la adaptación climática debe dejar de ser vista como una agenda exclusivamente ambiental para convertirse en una prioridad urbana y territorial. Necesitamos más árboles, más sombra, mejor gestión del agua, infraestructura verde, viviendas adaptadas a temperaturas extremas y sistemas de planificación que incorporen el riesgo climático como una variable central. Este invierno caliente puede ser apenas un anticipo del clima que enfrentarán nuestras ciudades en las próximas décadas. La pregunta no es si el clima seguirá cambiando. La pregunta es si estamos haciendo algo para prepararnos.