La primera vez que “morí” tenía 21 años. Era un martes 3 de julio. Mi padre pasó por mi cuarto en la mañana y se despidió al paso, yéndose al trabajo en su terno. A las tres de la tarde de ese mismo día estaba sacando unas fotocopias para estudiar para mis finales de Psicología, en una farmacia, y entró una llamada. Era mi hermano Eduardo. Me dijo: “A nuestro padre le ha dado un infarto”. Esa fue la primera vez que experimenté la negación; por unos segundos solo pude pensar en la posibilidad de un infarto no letal, y mi respuesta a mi hermano fue: “Ya, pero ¿cómo está?”.
Y su respuesta fue: “Murió”.
La segunda vez que “morí” fue a los 25. Tuve una depresión muy fuerte, porque no encontraba suficiente trabajo; pensé que me iba a “morir de hambre”. Si bien mi carrera me encantaba, tenía pocos pacientes y ya venía dos años así. Veía a mis amigos en otras vocaciones más contentos, no solo porque ganaban más, sino porque tenían más trabajo y sentido. Por suerte, eso cambió.
La tercera vez que “morí” fue cuando me divorcié: nunca estuve tan deprimido y por tanto tiempo. Fue tan doloroso que me enfermé emocionalmente y físicamente.
Estoy seguro de que he tenido otras muertes, pero estas tres han sido las más conscientes y recientes.
Todos morimos en vida. Todos pasamos por duelos, separaciones, enfermedades y golpes en la existencia.
A veces, algunas de estas heridas son tan fuertes que es como si una parte de nosotros mismos muriera. Muere una parte de nuestra identidad. Y uno tiene que hacer el duelo no solo por aquello que perdió, sino por esa parte de uno que murió.
Afortunadamente, también renacemos varias veces durante la vida: mueren padres, pero nacen hijos (o nietos), pierdes algunos amigos, pero quedan los mejores, te reenamoras, te quedas sin trabajo, pero a veces llega uno que te gusta más.
Lo que es definitivo y seguro es que la muerte llegará. Pero la muerte final y las muertes durante la vida también traen milagros. Vayan al cine a ver La vida de Chuck, basada en la novela de Stephen King. La conciencia de la muerte nos afirma, nos acerca a la belleza y al propósito.
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