“Estoy full”, “no tengo tiempo para nada”, “no me alcanza el tiempo”, “estoy a mil”, “no paro todo el día”… son frases que hablan de una agenda llena, de vivir desbordado, de cansancio extremo, pero a la vez hay quienes las traducen como sinónimo de ser importante. No tener tiempo para absolutamente nada y con las justas respirar te convierte en una persona importante, interesante.
Pero ¿de verdad no te está alcanzando el tiempo o es que no estás sabiendo qué hacer con él? Porque, que yo sepa, el tiempo es exactamente el mismo para todos. Veinticuatro horas, 1,440 minutos, 86,400 segundos, ni uno más ni uno menos; es exactamente lo que, en materia de tiempo, está a disposición de todos los seres humanos cada día.
Hay quienes, en esa diaria cuenta regresiva, construyen, crean, conectan, descansan, y también están los que corren de un lugar a otro y son los bomberos de su propia vida apagando un incendio tras otro de aquí para allá.
Habiendo estos dos escenarios, ¿no será que el verdadero problema no es el tiempo, sino más bien una serie de conflictos emocionales? ¿No será que no estás verdaderamente ocupado a full, sino más bien que estás siempre disponible para todos, menos para ti? Estás disponible para tu jefe que te escribe a cualquier hora, para el amigo que sieeeeempre necesita algo, para ese familiar que invade tu privacidad, disponible para compromisos, eventos y reuniones a las que simplemente no te provoca ir.
Entonces, ya estamos hablando de otro tema que no necesariamente tiene que ver con la distribución de tu tiempo, sino más bien con tu pánico a poner límites, tu miedo a “incomodar”, tu necesidad de “aprobación”, con la culpa, etc., etc. Y el decir sí a todo no es algo que venga de nacimiento; es más bien adquirido, aprendido.
Es muy probable que cada vez que dices sí a algo que no quieres haya una emoción detrás. Ese miedo a que te dejen de querer, miedo a que te juzguen, miedo a quedar mal, miedo a perder una oportunidad, miedo a que el otro se moleste. Y es ahí donde aparece tu “sí” carcelero. Dices sí aunque no tengas tiempo, sí aunque no tengas ganas, sí aunque no tengas energía. Y después viene la factura: el estrés, el cansancio, el mal humor, el desgaste. Pero es más fácil decir que el problema es el tiempo, cuando el verdadero problema es que te has acostumbrado a decir que sí por miedo.
Tu agenda, la manera como administras tus 24 horas diariamente, es un mapa de tus emociones. Habla de lo que eliges, lo que evitas, lo que postergas, lo que priorizas. Hay agendas llenas de cosas que no importan, milimétricamente diseñadas para no pensar, para fugarse de uno mismo. Porque el encuentro contigo es muy probable que te obligue a sentir, a hacerte preguntas incómodas.
No confundamos estar ocupados con productividad. Responden correos, contestan WhatsApp, van de un lugar a otro, pero no están construyendo nada profundo. Lo urgente se convierte en una adicción y lo importante se posterga porque es incómodo. Lo urgente te hace caer en la trampa de tener la sensación de “estar haciendo algo”, “estoy siendo útil”, versus lo importante, que te está pidiendo que te sientes a mirar y enfrentar el largo plazo, y eso no necesariamente segrega dopamina inmediata.
No es fácil decir “no”. Porque cuando lo decimos, en el acto, la culpa, el miedo, la incomodidad, la historia que me vincula con quien tengo al frente aparecen. Entonces, sale el resbaloso “sí”. Pero cada vez que le dices sí a algo que no quieres, automáticamente te estás diciendo no a ti.
La ilusión de estos tiempos es creer que todo es importante. De ahí que aparezca el famoso FOMO (fear of missing out), que traducido significa el miedo a perderse algo, miedo a quedarse fuera. La fantasía de creer que otras personas están viviendo experiencias altamente gratificantes de las cuales tú no estás participando, esto amplificado en las redes sociales y su constante necesidad de estar conectado.
Esta fantasía de lo urgente, lo necesario, lo impostergable es solo ruido. Y tarde o temprano aparecerán los dolores de cabeza, la tensión en el cuello, el cansancio, el mal genio, el insomnio. ¿Casualidad? No. Señales. Señales de tu cuerpo diciéndote que eso ya no es sostenible. Pero lamentablemente no tenemos tiempo para escucharlo y nos tomamos el analgésico. Apagamos el síntoma mientras sigue encendida la causa que lo detona.
Cuando empezamos a poner límites, lo que sí o sí va a ocurrir es que la persona que tengas al frente se va a incomodar, y eso activa nuestra culpa. Pensarás que estás siendo egoísta, que estás fallando, que deberías poder con todos y todo. Y eso es falso. Nadie puede con todo. Si no comienzas a elegir el minuto a minuto de tu agenda, alguien más lo hará por ti: tu jefe, tu familia, tus amigos.
Decir “no” no es ser agresivo, no es pelear, no debería venir antecedido de una justificación. “No puedo”, “no tengo ganas”, “prefiero no hacerlo” no debería ser motivo de discordia. Al principio tal vez sea incómodo, pero a la larga el entorno que realmente te valora, ama y quiere se reacomodará y pondrá en valor tus necesidades. Y esto es bien importante: quien te ama te pondrá siempre en primer lugar, así no lo comprenda. Pondrá siempre tus necesidades en primer lugar, así no conversen con las suyas.
Ante la tentación de decir sí a algo, las siguientes preguntas te podrían ayudar: ¿esto está alineado con lo que quiero construir o solo estoy evitando incomodar a alguien? ¿Realmente quiero hacer esto o siento que “debería”? El “debería” es culpa disfrazada. ¿Qué estoy sacrificando al aceptar esto? ¿Realmente tengo energía para aceptar este compromiso? ¿Lo haría igual si nadie se enterara? ¿Estoy diciendo que sí para evitar culpa o conflicto? ¿Es urgente para mí o solo es urgente para el otro? ¿Me estoy eligiendo o me estoy postergando? ¿Qué pasaría realmente si digo que no? ¿A quién estoy intentando complacer con este sí? ¿Estoy actuando desde elección o necesidad?
No tienes un problema de tiempo, tienes un problema de identidad. Te cuesta decir “no” porque todavía necesitas que te quieran. Una de las reglas básicas del manual para aprender a decir “no” es no explicar de más, no justificarte y no enredarte. Mientras más hablas, más te negociarán. Jamás un “lo que pasa es que…”, “es que justo…”, “déjame explicarte…”, “perdón, pero…”.
Decir NO no es rechazar al otro, es dejar de rechazarte a ti.