Que cinco años después de la elección entre Pedro Castillo y Keiko Fujimori estemos en otra disyuntiva dramática y similar debería hacernos reflexionar sobre varios temas.
Uno primero es cómo integrar al Perú que votó por Castillo y hoy favorece a Sánchez a una economía de mercado que le permita tener un mejor futuro. Eso tiene que ver con asegurar presencia de calidad del Estado en múltiples campos: caminos, educación, salud, etcétera. No son fallas de mercado en sentido estricto, pero igual se lo chantan al modelo, y no puede ser que hayan pasado cinco años y no tengamos mayor avance en ese campo.
La presencia del Estado con servicios de calidad es una prioridad fundamental. Muchas empresas mineras, que muchas veces están en zonas donde la presencia del Estado es escasa y de mala calidad, terminan recibiendo exigencias que no les corresponden, pero que se ven forzadas a atender o intermediar porque la comunidad no cree que el Estado les va a resolver problemas.
Un punto complementario es entender mejor cómo ven estos compatriotas al Estado, el mercado, la empresa privada, el desarrollo, etcétera. Sin entender mejor su visión del progreso, resulta muy difícil poder lograr una visión común y realista de lo que puede mejorar su bienestar y ser genuinamente apreciado. Para ser un país tan diverso se conoce poco sobre estos temas, y los estudios que existen a veces tienen una carga ideológica que no ayuda a encontrar agendas comunes.
Resulta paradójico que un discurso que centra todo en un control estatal sea percibido como algo deseable cuando el Estado les falla en tantos aspectos día a día. La narrativa de que la solución a la pobreza es que el Estado crezca es contradictoria con la realidad de un Estado que nunca les ha cumplido ni en lo más básico. Los casos de corrupción en gobiernos municipales e incluso dirigencias comunitarias no son algo que no hayan enfrentado. Comprender su manera de interpretar estos casos sería muy útil para tender puentes de entendimiento.
En adición a los problemas de nuestros compatriotas en zonas rurales, un elemento adicional y nuevo al que hacerle frente es el aumento de la pobreza urbana, que viene resaltando Carolina Trivelli en varias columnas y entrevistas. Los programas para combatir pobreza urbana son más difíciles de montar que los de pobreza rural. La focalización es viable en el ámbito rural, pero no tan fácil en el urbano, donde población pobre y no pobre pueden vivir muy cerca unos de otros. Las personas pobres en espacios urbanos no tienen ni para movilizarse a donde podrían encontrar trabajo. El esfuerzo de diseñar y establecer programas sociales efectivos para la pobreza urbana es indispensable.
Y no está de más recordar que se necesita también revisar que los programas que ya existen tengan la efectividad y transparencia requeridas, después de los sucesivos escándalos en el caso de desayunos escolares, de cuya investigación no hay mayores avances conocidos a pesar de que incluyó el asesinato de un empresario corrupto que el ministro del Interior de ese momento se apresuró a calificar de suicidio, nada menos. Ahí donde hay dinero, hay riesgo de corrupción, sí o sí. Y los programas estatales de todo tipo, ya sean carreteras o desayunos escolares, están en riesgo de ser afectados por la corrupción. No recuerdo a quién debo atribuirle la frase, pero la corrupción no es un cáncer, sino un hongo. No hay extirpación posible; solo se le controla exponiéndolo al aire y a la luz.
El falso dilema sobre crecimiento económico y desarrollo humano ha merecido aclaraciones de connotados economistas como Luis Carranza. Sin crecimiento económico no hay ni mayor empleo ni recursos del Estado para hacer buenas políticas sociales que mejoran el desarrollo humano, y una población con mejor educación y salud también contribuye a un mayor crecimiento económico. Pero las buenas políticas sociales requieren meritocracia en los nombramientos (en el último lustro ha habido deméritocracia; más bien, la primera búsqueda era antecedentes penales), procesos transparentes y mediciones de impacto independiente.
El Perú se juega mucho en estas elecciones sin ningún candidato que genera ilusión. Nos toca elegir el mal menor.