Mi hijo tiene un problema con Messi. Lo odia. Freud tendría un diagnóstico sencillo: parricidio. Como sabe que lo admiro, se independiza simbólicamente del padre liquidando todo lo que tenga que ver con él. En este caso, un futbolista único que está haciendo historia al filo del retiro.
Un buen número de amigos también son padres de pequeños parricidas que detestan a Messi. Esta fobia visceral se sustenta en gatillos emocionales y fábulas digitales viralizadas, y no es ajena a los adultos. Su niebla emocional impide reconocer el privilegio de coincidir con un fenómeno irrepetible, una oportunidad con fecha de vencimiento ajena a la cámara hiperbárica.
La narrativa en curso sostiene que, a Messi, y en general a Argentina, la FIFA siempre les regala todo. Ven la cancha inclinada, una impresión creíble. Esta se hace verdad cuando se elige ignorar por lo menos dos causas reales de dicho desnivel: el talento superlativo de Messi y un equipo que no regala nada. Bolívar decía que el pueblo belicoso de las provincias del Río de la Plata era lento para entrar en la batalla, pero más lento para salir de ella. Parece que se estuviera refiriendo a un partido de los albicelestes.
Ignorando esas dos variables, la hipótesis elegida se hace inmune a la lógica, al video y al reglamento. Un mito no tiene que ser verdad, basta que lo parezca. Después de arrodillarse ante Trump, Infantino le ha insuflado verosimilitud a cualquier fiebre conspirativa.
Para algunos el talento con el que nació Messi no es una virtud: es competencia desleal. Un regalo de la lotería genética.
Maradona, en todo caso, sería más fácil de odiar que Messi. Su carácter díscolo, adicto y ventajista calzaba con la imagen avasalladora del porteño insufrible. Pero, el talento incuestionable compensa y lava. Maradona se volvió Dios, y Messi el mesías. Dos breves pero portentosas columnas de la argentinidad, forma del cancherismo ganador que los inflama de una ilusión de superioridad, no necesariamente verificable, pero presente. Por contraste, a los peruanos, maestros del así nomás, esta hipérbole de la convicción nos resulta lejana y antipática.
Recuerdo cómo lo explicó un bailador de tango que entrevistaba en Buenos Aires. La conversación, luego de recorrer los tópicos habituales que nos unen —San Martín, las Malvinas, la parrilla—, inevitablemente derivó en lo futbolístico.
El tanguero, de manera elegante, hizo una observación incómoda:
¿Por qué ustedes los peruanos no creen en sí mismos? Mirá, cuando nosotros entramos a la cancha, lo hacemos pisando fuerte, como ganadores. Maradona entraba como un peleador callejero. Messi entra frente en alto, el primero, con la matonería aparentemente inocua de un padre de familia bonachón y tímido, pero que sabe, sin necesidad de decirlo, que es el mejor del mundo.
Ustedes, los peruanos, entran a la cancha mirando al suelo, persignándose sin parar, convocando a la protección divina para poder patear un balón al que parecen temer. Desde ahí pierden. No saben creérsela.
Nuestros dos mayores héroes no se inmolaron a favor del triunfo, sino sabiendo que su destino era la épica de una derrota gloriosa y corajuda. El triunfo moral se ha convertido en nuestro estándar de victoria. En cambio, los argentinos, como los gatos, siempre caen de pie. Los peruanos solo caemos. Y celebramos cuando vemos caer al prójimo.
Si Messi hubiera nacido en el Perú posiblemente jamás habría llegado a ser Messi. Se lo hubiera tragado nuestro caníbal debate público: la sospecha permanente, la necesidad de deslegitimar el mérito ajeno, la politización de cualquier asunto y la inclinación a convertir los éxitos en motivos de agravio. ¿Cómo se atreve ese miserable a que le vaya bien?
Ya existiría un colectivo denunciando que humillar defensores reproduce desigualdades estructurales. Algún congresista pediría una comisión investigadora para determinar quién financió su crecimiento óseo. En redes sociales sería, según la hora del día, o un enano fujimorista al servicio de la hija del dictador, o un caviar con chimpunes. Lo importante nunca sería el gol, sino encontrarle una afiliación política al tobillo.
Y, por cierto, vendría el certificado de nacionalidad. Peruano no es, dictaminarían los notarios de la peruanidad. Alguien postearía que sus Balones de Oro pertenecen al colonialismo europeo y que Antauro y su comando deberían ir a recuperarlos luego de secuestrar al rey de España. Otro propondría nacionalizar sus gambetas. Algún influencer concluiría que Paolo sí era del pueblo porque fallaba aquí, entre los suyos.
En el Perú el problema nunca ha sido producir un genio. El problema es reconocerlo antes de que otro país nos lo explique. Si Messi hubiera sido peruano, muchos habrían celebrado el día que emigró. Y años después, ya exitoso, jurarían haberlo apoyado desde niño.
Si Messi hubiera nacido peruano tampoco habría necesitado rivales. Le hubieran bastado las redes sociales, los opinólogos, un par de congresistas y algún fiscal desequilibrado. Lo extraordinario no habría sido verlo levantar una Copa del Mundo, sino sobrevivir al deporte nacional del maleteo.