Conozco a varios pseudoespecialistas —llenos de maestrías y doctorados eso sí— que anuncian apocalípticamente que la agricultura empresarial iqueña está condenada a una sequía de muerte.
Sin embargo, hoy por hoy —en pleno febrero— los iqueños estamos desbordados para la gran cantidad de agua que discurre por todos nuestros ríos.
Primera pregunta: ¿acaso ese no es el caso todos los años, desde toda la vida, entre los meses de diciembre y abril? Pues —para ellos— no. Ellos solo ven sequías.
Obviamente, cuando acabe la temporada de lluvias a mediados de mayo próximo, entraremos al estiaje nuevamente y (acuérdense de mí) muchos se lamentarán por la escasez de agua.
Segunda pregunta: ¿qué hicieron esos quejumbrosos para retener parte de las abundantes aguas de lluvias que tuvieron frente a sus narices y que se perdieron en el mar? La respuesta es… nada. Nada de nada.
Bueno, pues, en vez de quejarse, hay que actuar como corresponde. Desde las cabezadas de nuestras cuencas hasta las desembocaduras de nuestros ríos, debemos llevar a cabo lo que se denomina la “siembra y cosecha de agua”.
Arriba —donde más llueve— debemos construir muchos reservorios… pequeños, medianos, y grandes. No importa el tamaño, sino el volumen de agua almacenable por todos los reservorios en conjunto. También debemos reforestar y revegetar todas las cabezadas y quebradas. La tala indiscriminada de bosques nativos ha dejado a nuestros cerros pelados, lo cual ante cualquier lluvia —por más pequeña que sea— deviene en mortíferos huaicos que arrasan todo lo que encuentran en su camino. La vegetación, compuesta de bosques y pastizales que fungen de gigantescas esponjas naturales, retiene las aguas de lluvias y evita la erosión de nuestras quebradas.
Los acuíferos deben manejarse sosteniblemente. En efecto, el subsuelo también sirve para almacenar grandes cantidades de agua. En ese sentido, los acuíferos se rellenan naturalmente, a través flujos de aguas superficiales (ríos, acequias, surcos, etcétera); y artificialmente, a través de procesos de infiltración inducida, tal como se está haciendo en Ica, con resultados muy favorables.
El hecho es que tenemos agua…, mucha agua. En ese sentido, gracias, Pachamama, por la gran cantidad de agua que nos has traído para Ica… y para todo el Perú. Sin embargo, también te pido que cures la sequía mental que padecen los detractores de nuestra agricultura empresarial, quienes ven sequías apocalípticas allí donde hay agua en abundancia.