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Señoras y señores…

"Alberto Fujimori, en otro ejemplo, logró una conexión muy fuerte con la población. Los detractores dicen que se debía a la obra pública que atrae favores electorales”.

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(Midjourney/Perú21)
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Fecha actualización:
26/07/2026 - 08:05
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El 28 de julio viene con el discurso a la nación. El discurseo floreció en la antigua Atenas, en el ágora, que era donde se ejercía la democracia. Al principio fue visto como un arte para manipular (lo criticaron Sócrates y Platón), pero luego se le reconoció la disciplina para persuadir (sobre eso, Aristóteles escribió Retórica). En la Roma republicana, la oratoria era vital para acusar o defender, para aprobar leyes, para declarar guerras y, cómo no, para elogiar o repudiar al poder. Entre los discursos más célebres están los de Cicerón acusando a Catilina de conspirar contra la república (“¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia? ¿No te das cuenta de que tus decisiones están a la vista? ¿Quién de nosotros crees que lo ignora? A la muerte a ti, Catilina, convendría que fueses arrastrado”). Catilina muere en la guerra civil que había iniciado. En la Edad Media, más religiosa, los clérigos usaron la oratoria para imponer los dogmas de la fe, para explicar las escrituras y para advertir de que nuestros pecados serían castigados en los infiernos. En el siglo XX, la oratoria fue el arma de las ideologías. Lenin lanzó aquella frase de: “Salvo el poder, todo es ilusión”; Hitler dijo esto otro: “No importa la verdad, lo que importa es la victoria”; Churchill, agradeciendo a los aviadores que ganaron las batallas sobre Londres: “Nunca, en el campo de los conflictos humanos, tantos debieron tanto a tan pocos”; Gandhi, para lograr pacíficamente la independencia de la India: “La violencia es el miedo a los ideales de los demás”; Kennedy cuando visita Berlín aislado por un muro: “Hay mucha gente que no comprende cuál es la gran diferencia entre el mundo libre y el mundo comunista. ¡Que vengan a Berlín! ¡Yo soy berlinés!”; y, Martin Luther King, reclamando los derechos civiles para los afroamericanos: “Una injusticia en cualquier parte es una amenaza a la justicia en todas partes”. En el Perú, tuvimos también una saga de superoradores: Haya de la Torre, Belaunde, Bedoya y García.

Pero los discursos y los oradores no son lo que fueron, porque la plaza pública dejó de ser el escenario para la política. Primero la radio, luego la televisión y, más recientemente, las redes son canales más eficaces. Las palabras perdieron el monopolio, porque una fotografía o una canción también sacan lágrimas de dolor, de alegría o de rabia. Por eso, los discursos ya no son suficientes para generar capital político, valen más los gestos. Los reyes de España, por ejemplo, recuperaron prestigio para la monarquía cuando visitaron a los vecinos de Paiporta que habían sufrido daños por el desborde de los ríos (Valencia, octubre de 2024). Fueron insultados y agredidos por gente furiosa porque las autoridades no activaron alarmas tempranas ni, ocurrida la tragedia, reaccionaron con auxilio rápido. Los reyes reinan, pero no gobiernan, por tanto, nada podían ni debían hacer. Sin embargo, aguantaron hasta el lodo que les aventaron. Pasada la ira, las gentes reconocieron ese valor y esa integridad. A partir de entonces, la presencia de los reyes no se ve como un aprovechamiento de la desgracia ajena para ganar popularidad, sino como una sincera solidaridad. Alberto Fujimori, en otro ejemplo, logró una conexión muy fuerte con la población. Los detractores dicen que se debía a la obra pública que atrae favores electorales. Pero la gente tiene dignidad y no se vende por un puente o por una carretera, aunque le alivien la vida. Su mérito fue estar con ellos cuando necesitaban del Estado. Todo indica que Keiko seguirá esa ruta: estuvo en La Victoria en los velorios de los fallecidos en el incendio provocado por la extorsión; ha anunciado que, ya en funciones, viajará para estar con los damnificados del terremoto en Junín; y cuando vengan los huaicos y desbordes por El Niño tendrá más retos para, como ya lo dijo, recuperar el sentido de urgencia del Estado. Como los reyes, también tendrá que afrontar con empatía y valentía el reclamo de las familias de los asesinados en las protestas contra Dina Boluarte. El discurso nos dirá su plan de gobierno, pero sus gestos le darán el capital que necesitará, no para seguir siendo jefa de Fuerza Popular, sino para ser la presidenta de todos los peruanos.

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