Según Jack Clark lo que hace el cuarenta por ciento de quienes ingresan en el mercado laboral será realizado, en el corto plazo, por agentes de inteligencia artificial. ¿Advertencia o confesión? Porque se trata del cofundador de Anthropic, una de las lámparas mágicas de las que salen esos geniecillos que ahora podemos alojar en nuestras computadoras para que lleven a cabo las órdenes que les damos mientras nosotros nos damos un paseo.
¡Paradójico! Porque las empresas que no contratarán a los egresados de universidades e institutos necesitan, más que nunca, personas con experiencia y criterio. Dos dimensiones que no se heredan ni se generan espontáneamente. Se adquieren haciendo, equivocándose y calibrando sobre la marcha.
El junior existe porque una persona tiene que hacer el trabajo de menor complejidad mientras aprende. Si alguien, no, en realidad algo, lo hace sin necesidad de entrenamiento, el escalón inferior de la escalera profesional se esfuma, al igual que el único camino hacia la experiencia que ahora se exige desde el primer día.
Estamos construyendo un mercado que pide lo que su propio funcionamiento ya no puede producir.
Frente a esto, la educación reacciona con eslóganes. “Pensamiento crítico”, por ejemplo. Se ve bien en documentos oficiales. Pero ¿cómo se define?, ¿cómo se mide? Además, convertido en imperativo enseñable es un simulacro.
Irónico. Las disciplinas que mejor forman criterio llevan años acorraladas, cuando no eliminadas de las mallas curriculares en nombre de su irrelevancia productiva. La historia trata de decisiones con información incompleta y consecuencias impredecibles. La literatura sobre la capacidad de habitar perspectivas ajenas y tolerar la ambigüedad sin apelar a certezas prematuras. El arte sobre sostener preguntas sin respuesta y producirlas en los demás. Exactamente las condiciones del mundo real.
Nada de eso tiene aplicación inmediata medible, y por eso fue cediendo terreno frente a las carreras técnicas y las competencias “relevantes para el mercado”. El resultado es que justo cuando más se necesita criterio, juicio y tolerancia a lo incierto, hemos bloqueado el acceso a las disciplinas que los pueden desarrollar. Humanidades y arte no son lujo cultural —son infraestructura cognitiva y deben recuperar el lugar que nunca debieron perder.
Para no hablar de otras dos experiencias que forman criterio, pero que la educación formal trata como actividades extracurriculares para entusiastas: enseñar y liderar pares y menores. Quien explica algo a alguien que sabe menos, descubre los límites y alcances de su propia comprensión. Quien lidera un grupo de pares o menores —en un movimiento juvenil, organización estudiantil, comunidad religiosa— construye autoridad frente a intenciones, resistencias y agendas de quienes no están obligados a obedecer. Ambas experiencias obligan a conocerse uno mismo de una manera que la evaluación académica nunca exige.
Sé de un joven que acaba de terminar el colegio con medalla en ciencias y vocación hacia la ingeniería, que pasó los pasados dos años liderando grupos de niños menores en un movimiento juvenil y resolviendo conflictos entre chicos en un campamento de verano. Decidió no ingresar inmediatamente en la universidad y comenzar una práctica en recursos humanos. Tiene más fricción real acumulada que la mayoría de los universitarios de tercer año, y una combinación que los agentes de inteligencia artificial no pueden replicar: capacidad técnica más habilidad de leer grupos humanos, gestionar resistencias y operar en la incertidumbre. Que su caso sea excepcional dice mucho sobre lo que la educación decide no enseñar.
No se trata de un ajuste curricular sino de un cambio de condiciones. El criterio se forma cuando hay algo en juego: un proyecto falla con consecuencias reales, una decisión se mantiene sin que nadie confirme si fue correcta, la diferencia entre lo planeado y lo resultante debe ser explicada y asumida. Fricción real, temprana, sostenida.
Lo que tambalea es la lógica misma con que está organizada la educación. Escuela y universidad funcionan sobre linealidad acumulativa —primero los fundamentos, luego la aplicación, finalmente la práctica real— que tiene elegancia pedagógica, pero un problema grave: pospone indefinidamente el contacto con la incertidumbre genuina.
El estudiante llega al mundo laboral habiendo resuelto miles de problemas que alguien más diseñó para tener solución. Eso no cambia agregando un curso de emprendimiento o liderazgo. Cambia introduciendo desde temprano proyectos con consecuencias reales —no simuladas—, donde definir qué problema vale la pena resolver es parte de la tarea, donde el error no se corrige con una nota sino con una nueva decisión, y donde el docente funciona menos como fuente de respuestas correctas y más como interlocutor que complica las preguntas.
Mientras eso no cambie, seguiremos formando jóvenes muy bien preparados para un mundo que ya no existe, sin los recursos internos para habitar el que viene. El escalón desaparece. Lo que no debe quedar es la posibilidad de permanecer parado esperando que alguien lo reponga.