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Se agotó el cheque en blanco del antifujimorismo

"El retorno del fujimorismo es, paradójicamente, obra del antifujimorismo; una facción que, en su ceguera, terminó defendiendo todo lo que juró combatir".

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KF
Fecha actualización:
16/06/2026 - 07:00
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De acuerdo con los pronósticos, Keiko Fujimori se convertiría en la primera presidenta electa del Perú. Luego de tres derrotas consecutivas frente a un antifujimorismo que parecía imbatible, la cordura finalmente se impuso.

Durante quince años, este sector, liderado principalmente por la izquierda, se vanaglorió de encarnar la reserva moral del país. Bajo una superioridad inquisidora, instalaron el dogma de que cualquier opción era válida con tal de frenar al fujimorismo. Así justificaron endosar a un exmilitar cuestionado por derechos humanos, a un banquero, a un profesor chotano y, recientemente, a la burda imitación de este último.

En el camino, el movimiento se tornó tan irracional que purgó a antifujimoristas históricos. Figuras como Mario Vargas Llosa, Lourdes Flores o Pedro Cateriano, opositores frontales al autogolpe de 1992 y al gobierno de Fujimori, fueron atacadas por el mero hecho de advertir que Keiko Fujimori no era peor que Pedro Castillo en 2021. El tiempo les dio la razón.

Esta última elección terminó por deslegitimar al antifujimorismo debido a su apoyo cínico a Roberto Sánchez. Su bandera de los DD.HH. quedó pulverizada al apoyar incondicionalmente al aliado de JPP, Antauro Humala, y facciones vinculadas al Movadef; su discurso en defensa de la democracia murió al defender a quien justifica el golpe de Pedro Castillo; y su supuesta lucha anticorrupción desapareció ante los fajos de dinero en el baño de Palacio y el entorno de Sarratea.

Quien mejor develó esta doble moral fue Jorge Nieto, hombre de izquierda en los ochenta, al recordar a los miles de asesinados por Sendero Luminoso (SL) y los vínculos de Sánchez con el Movadef. Tras esa entrevista, la izquierda se indignó más por haberle atribuido más muertos a SL que por los vínculos de su candidato con el brazo político de este grupo terrorista.

Hubo una enorme soberbia por parte del antifujimorismo al asumir que los peruanos tenían la obligación de votar por cualquier precariedad con tal de que llevara la etiqueta “antifujimorista”. Pensaron que el rechazo al pasado era un cheque en blanco eterno. Subestimaron el cansancio ciudadano ante la crisis, la inseguridad y la falta de gestión, priorizando su batalla ideológica abstracta sobre las demandas reales del país.

El retorno del fujimorismo es, paradójicamente, obra del antifujimorismo; una facción que, en su ceguera, terminó defendiendo todo lo que juró combatir.

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