El problema de muchos proyectos educativos no es que fracasen. Es que funcionan demasiado aislados. Cada cierto tiempo aparecen proyectos educativos exitosos. Fortalecen capacidades, impulsan innovación e incluso mejoran aprendizajes. Sin embargo, cuando el proyecto termina, muchas veces los avances también se diluyen. Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿estamos logrando transformar el sistema?
Hace unos días acompañé la celebración de los diez años de Efecto Áncash, el proyecto liderado por Enseña Perú y financiado por Antamina y otros socios. Más allá de los indicadores que reporta —mejoras en lectura, matemática, mayor acceso a educación superior e innovación escolar— es notable su enfoque. Además de la escuela, trabaja sobre la gobernanza territorial, la sistematización, el aprendizaje permanente y la articulación entre Estado, empresa, escuela y comunidad.
Durante años hemos pensado la mejora de la educación como una suma de proyectos: infraestructura por un lado, formación docente por otro, conectividad por otro, bienestar por otro. Pero los estudiantes no viven en proyectos. Habitan un ecosistema, un territorio. Un proyecto puede cambiar una escuela. Una mejora en el ecosistema cambia las relaciones entre quienes hacen posible la educación.
La conectividad educativa no describe una infraestructura. Describe una capacidad colectiva. Su propósito es conectar personas, instituciones y territorios alrededor del aprendizaje. Cuando docentes, familias, autoridades, universidades y comunidad aprenden y toman decisiones juntos, la conectividad deja de ser tecnológica para convertirse en una capacidad del sistema.
Tal vez ha llegado el momento de medir la conectividad educativa no por la cantidad de escuelas conectadas a Internet, sino por la capacidad de un territorio para aprender de manera conjunta. Porque una escuela aislada, aunque tenga fibra óptica, seguirá siendo una isla.