Roberto Sánchez no llena plazas y sus marchas no tienen convocatoria. El sombrero de Pedro Castillo no le alcanzó para llegar a la presidencia. Y, sin duda, por sí solo nunca habría llegado a la segunda vuelta. ¿Cómo se explica que, en una contienda tan polarizada y reñida, no pudo siquiera llenar un espacio para tres mil personas? Existen muchas hipótesis y, sobre todo, sospechas sobre su llegada a la segunda vuelta.
Quizá la verdad no la tengamos nunca, pero sí tenemos abundante material de análisis de comunicación y marketing político sobre lo que no se debe hacer en una campaña presidencial cuando se tiene un personaje que no da la talla y está lejos de ser un buen líder que inspira, que es coherente, que dice la verdad. Sánchez es otra creación del ‘anti’ que tanto ha dañado al país.
El heredero del sombrero —que volverá a la cabeza original— no acepta la derrota. Le está ocurriendo lo mismo que a aquellos que reciben el amargo golpe de la realidad. El teléfono deja de sonar, los aliados se ausentan, las cámaras ya no lo hacen sentir el rock star cholo y son muy pocos los que se arriesgan a aparecer en la foto. Pasa siempre: la derrota va mostrando que los aliados no son tus amigos, los simpatizantes no son tu familia y nadie estuvo allí por la persona, sino por la posibilidad que representaba: no eras tú, era el poder.
Muchos políticos se emborrachan de soberbia y, luego, la caída es más estruendosa. Sánchez está experimentando mirar desde el balcón y comprobar la desbandada de los que antes lo enaltecían. Quedan los veinte infaltables de la portátil sobona; los demás ‘simpatizantes’ se marcharon y, pronto, los últimos leales pasarán a la fila de los desertores. Será la estocada final en la aventura de Roberto Sánchez.
Párrafo aparte merecen aquellos personajes que subieron sonrientes al protagónico estrado y, apenas se alejó el triunfo, procedieron a desmarcarse, a lanzarse dardos entre ellos y, casi en simultáneo, a manifestar que no apostaron por Sánchez, sino que era la única opción en el tablero electoral. No se les mueve una ceja para señalar que su apuesta era solamente “no a Keiko” y no el crecimiento del país; únicamente que no gane la ‘China’.
No sabemos hasta cuándo los últimos que quedan en Juntos por el Perú se resistirán a aceptar la derrota. Acaso esa retórica responda más a los compromisos con los aportantes, a quienes hay que rendir cuentas. La pataleta en política no siempre viene por un reclamo justo. A veces la pataleta es únicamente para dejar constancia de que se peleó hasta el final. La necesidad de justificar el financiamiento de campaña: “Mitad para el partido, mitad para mi bolsillo”.
No afirmo que este sea el caso, pero la pataleta de Sánchez tiene que ver con su parcelita de poder: dejará de ser congresista, no logró ser reelecto al Parlamento y sabe que después no hay nada.
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